Wikileaks y el fin del mundo: “Es tiempo de abrir los archivos”.

diciembre 13, 2010

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[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 3ra. Parte

mayo 29, 2009

Apreciados lectores y lectoras:

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La Pintá, 3ra. Parte

 



[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 2a. Parte

mayo 21, 2009

Burlóse Noemí del negrero, aunque veladamente, al notar que luego de haberse holgado con su esclava toda la noche, no la reconociera a la mañana siguiente. Argumentaba el hombre que la noche era oscura y muy lánguida la luz del candelero, pero la verdad era que su torpe urgencia fue la causa de la distracción. Lo único de lo que pudo dar razón el hombre fue de su permanente aroma a canela. Al preguntarle la causa a Anaìs, afirmó que su tutora le había indicado masticar siempre trocitos de canela en rama cuando estuviera cerca de un hombre.

Quedó impresionado por la belleza física de la muchacha. Por la tersura de su piel y por su tono, semejante al de la canela; por la delicadeza de su semblante, por la vivacidad de sus ojos, que entendieron pronto de las debilidades masculinas y lo dejaban translucir con desfachatez. Pero sobre todo, su instinto se sofocó al fuego de sus imponentes caderas, que adquirían proporción armoniosa por su alta estatura y el volumen del pecho, que sin ser abundante, era grato a la vista. Noemí advirtió de inmediato que la posición en que había quedado era demasiado endeble, y para su coleto, se juró dar pronto remedio al asunto del modo que mejor ajustase a sus intereses. Sin embargo el negrero, a pesar del celo de su concubina y aunque estaba consciente de tal hecho, procuraba constantemente la compañía de Anaìs ante la paciente mirada de Noemí, que toleraba en silencio su desfachatez.

La primera decisión que Alcibíades tomó fue apartar a la esclava del comercio carnal, algo sin duda comprensible, dada la necesidad de prevenir que se contagie de algún mal, aunque otras eran las razones de fondo. Luego escribió a un español que vivía en Lima, mencionándole que por fin pudo encontrar la esclava que tanto tiempo había esperado y pidió una cifra enorme, anticipando que sólo al verla entendería la razón del precio y que además era virgen. Finalmente envió a Noemí a recoger de una isla cercana a Panamá, llamada Taboga, varios fardos con alfombras persas que su ‘amigo’ judío le había dejado como parte del pago por su deuda, antes de fallecer accidentalmente al caer del muelle, la misma noche en que Alcibíades había ajustado cuentas con él. Mientras tanto el negrero se dedicó a tiempo completo a su esclava, día y noche, por cuatro semanas. Al finalizar el mes y notar que no regresaba Noemí, sospechó que había sido traicionado. Se embarcó hacia San Pedro de Taboga en cuanto pudo pero al llegar, supo que ella había subido el cargamento en una nao con rumbo a Cartagena. Abrigó esperanzas de que su afán por complacerlo le hubiera inspirado a comerciar ella misma los géneros. Al arribar supo que allí vendió bien sus mercancías y luego perdió su rastro para siempre. Nunca la volvió a ver. Ese fue el primer tributo que debió pagar por disfrutar de Anaìs.

A bordo de la nao Sanctísima Concepción.

Dos semanas más tarde embarcó a su esclava junto con un grupo de senegaleses que consiguió pocos días antes, en la nao Sanctísima Concepción. Pero la llevó a un camarote (ésta era una de las pocas embarcaciones de ese tipo con alojamiento tan lujoso) del que no le permitía salir para nada. Allí pasaban ambos casi todo el tiempo. Algunas noches, cuando Alcibíades dormía, exhausto de amores, salía Anaìs a tomar el aire.

Viajaba a bordo desde hace años un muchacho en la Sanctísima Concepción.

Algunos conjeturaban diciendo que era un hijo natural del capitán, pero la verdad era que simplemente llegó un día, siendo casi un niño, pidiendo que le dejaran subir a bordo. El maestre aceptó, quizás por caridad cristiana o quién sabe por qué, embarcarlo como grumete. Era ciego y nadie recordaba su nombre. Sólo le llamaban Pinzón, por su ceguera y su afición al canto. Era mozo de buena complexión, de buen ver, atento y generoso, por lo que se le apreciaba a bordo. Sus ojos, de un azul intenso, mostraban sin embargo la terrible oscuridad que en ellos habitaba.

Pocos días después de iniciado el viaje a Lima ocurrió algo insólito.

Estando ante vientos favorables del noroeste, una tarde, luego de almorzar, ocurrió que una verga se soltó violentamente y tras un giro provocado por la enérgica brisa, pegó el madero de lleno en la cabeza al pobre Pinzón, que cayó sin sentido. El golpe fue tan sonoro que lo dieron por muerto, pero luego de casi una hora, ante la sorpresa de todos, se levantó jubiloso, dando voces incomprensibles y agradeciendo a Dios por los favores recibidos. El hecho produjo algunas risas de quienes presenciaron lo que pasó, porque nadie agradece a Dios que le den palos.

Era que, inexplicablemente, el golpe sirvió al muchacho para que sus ojos le mostraran por primera vez la luz. Ofreció el chaval romerías y rosarios al regresar a Panamá y todos celebraron con él su dicha. Pero poco tiempo le duró tanta alegría, porque hallándose una noche contemplando la noche estrellada, acertó a salir Anaìs a cubierta.

La Pintá, primera parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.


[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 1ra. Parte

mayo 9, 2009

ALMENDEra una negra de aquellas sin alma, que trabajaba en un burdel cercano al puerto. Alcibíades llevaba ya en ese tiempo no menos de cinco años trabajando como negrero. Se llamaba Clorinda, aunque le decían “la rompehuesos”, por sus habilidades de alcoba. Su amo, el dueño de la mancebía, ganó muchísimo oro gracias a ella, que se dio modos para sacar más monedas a los clientes con sus artes de alcoba. Un día, la astuta esclava hizo correr la voz de que se había contagiado con el “mal de bubas” o sífilis, por lo que los clientes empezaron a huir de ella, que se deshacía en zalamerías ante cualquiera que se le acercara, precisamente por espantarlos del todo, y por despechar a su amo. Dejó de comer para lucir lánguida y enferma.

“Fue entonces cuando vino a verme aquella barragana, compañeros, junto a una mulatita de seis años.

– Te la vendo – dijo-.

– ¿Y qué quieres que haga con ella?

– Tú ere el negrero. Quiero diez monedas de a ocho por ella. Nueve son pa’ comprá mi libertá y el resto pa’ largarme lejos de aquí. ¿La quieres o voy en busca de otro negrero?

Me quedé viendo a la niña, por saber en qué negocio me estaba metiendo.

– Es hija mía y de un fraile flamengo que vino hace tiempo, de paso hacia el Virú, muy jermoso.

– ¿Cómo se llama la niña?

– Anaìs.

Era de buen ver la mercancía. Regateé por si su voluntad era débil (y por saber si la mocosa incubaba algún achaque) pero se mantuvo en el precio. Mientras se marchaba la negra, la niña empezó a gimotear. La mujer siguió rumbo hacia la puerta, indiferente, como quien oye llover, con sus monedas en una bolsa que había traído para el efecto. Sujeté a la mozuela de la mano y pedí algo de comer para entretenella.

Como tenía que embarcarme hacia Lima con un cargamento de negros que estaba ya a bordo, dejé a la chavala con una manceba, llamada Noemí, hasta ver a quién podría vendérsela con ganancia. Me enteré en el camino, que “la rompehuesos” hacía fama y fortuna con su oficio en Cartagena de Indias.”

Alcibíades demoró mucho más de lo pensado. De hecho, pasaron nueve años antes de que pudiera volver a Tierra Firme. Entre la peste negra que aquejó a su cargamento de esclavos, la rapacidad de los piratas y las tercianas pilladas en las selvas africanas cuando apenas empezaba su oficio de negrero, que lo aquejaban en los mapa2momentos más importunos, su viaje se convirtió en una pesadilla y tres veces estuvo incluso en trance de muerte, varado en varios pueblos remotos de Indias. Regresó con la cara morena, salpicada de indelebles picaduras de insectos, un ánimo demasiado parecido a la demencia criminal y la faltriquera vacía.

Su querida no lo reconoció. En su interior, pensaba que el sujeto parecía más un mendigo o un pirata moro y habituada como estaba a su talante recio, se extrañó sin embargo por el nuevo tinte de su carácter: había algo de alarmante ferocidad en su actitud, de loca, rabiosa, desmesurada codicia. El hombre durmió tres días seguidos y al cuarto marchó hacia el puerto para apercibirse de novedades y alguna vianda. Regresó muy contento, mencionando que en adelante traficaría con esclavos a través de una ruta que bordea la costa noroccidental del Nuevo Reino de Granada, hasta llegar a las regiones del Perú, donde sus clientes requerían constantemente de esclavos, acompañado de una flota de comerciantes y mercenarios, que viajaban de tal modo para proteger mutuamente sus intereses de las incursiones de los corsarios franceses. Se había encontrado además con un judío que le debía dinero hace mucho tiempo. Se lo pagó con creces, luego de algunas “palabras persuasivas”. También manifestó viva curiosidad por conocer a una mujer a la que llamaban “La Perla Negra de Tierra Firme”, de la que mucho se hablaba en el Puerto.

Noemí, mujer de espíritu práctico – demasiado quizás para algún ánimo escrupuloso -, había empleado hace ya algún tiempo a la mulatita en el mismo oficio de su madre, enseñándole oportunamente todos los secretos del arte, que también ella ejerció desde muy joven en el puerto de Buen Aire, hasta que se propuso venir a Panamá, ciudad famosa por su comercio, procurando ante todo despojarse del pasado como una serpiente abandona su antigua piel. Luego conoció a Alcibíades, cuyo olfato algo sospechaba de su antigua pitanza. La tomó sin embargo para sí por verla aún joven y saberla hábil para concluir exitosamente cualquier negocio, como en éste caso. Efectivamente, procedió a explicar lo acaecido con Anaìs, aclarando que preservó su virginidad hasta su regreso, para que él dispusiera lo que más convenga al asunto, permitiéndole hasta tanto a la niña atender el negocio por reversos. El hombre quedó muy complacido del talento de su manceba, restando solamente el examinar a la muchacha, asunto que ocurrió aquella misma noche, por el derecho de pernada que como amo tenía sobre ella, pero conservando para otro, aquello que quintuplicaba el valor comercial de la esclava.

Sólo al día siguiente se enteró, de labios de Noemí, que su esclava era la famosa “Perla Negra de Tierra Firme”. Y sólo entonces se puso a observarla con atención.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.


Pedro Flecha: EL SUICIDIO DE UN ESCRITOR

enero 27, 2009

pedroflechaMario Vargas Llosa es un valioso literato para la lengua castellana, pero sus comentarios políticos son por lo menos desatinados y la vena ideológica de sus escritos que no son de ficción literaria, parecen no penetrar el cascarón de las convenciones de moda.

Es un agudo crítico de Fujimori, como yo también lo soy, pero por razones muy diferentes. Parece que tengo, sin embargo mejor memoria que él. En la primera ronda de elecciones en 1990 en Perú voté por Vargas Llosa, quien había construido una plataforma política en base a los estudios de Hernando de Soto sobre la potencia de un capitalismo popular nacido espontáneamente de la industria y comercio informal en Lima. Veníamos de la incompetente frivolidad aprista, de un Alan García que fue una gran oportunidad perdida y cualquier cosa podía pasar…

Si Fujimori fue presidente en 1990 en segunda vuelta, fue gracias al carácter pusilánime de Vargas Llosa, quien en la misma noche de la primera elección fue al centro de campaña de Fujimori, y ante las cámaras de TV nacional le ofreció cederle la segunda vuelta y que fuera el nipón presidente de una vez; cosa que el mismo no aceptó. ¿Se imaginan los lectores qué sentimos todos aquellos quienes votamos por Vargas Llosa al ver semejante prueba de debilidad? ¿Qué derecho tenía Vargas Llosa para tomar una decisión de ese tipo, personalista y majadera, cual niño engreído? ¿Por qué tenía que entregar mi voto y el del más de una tercera parte de los votantes peruanos a un señor que nadie conocía?

Demás está decir que en la segunda vuelta voté en blanco… porque en el Perú votar es obligatorio. Gran parte de los que vieron al Vargas Llosa de esa vergonzante noche, hicieron lo mismo que yo. Fujimori salió elegido. Vargas Llosa había querido evitar un Parlamento dividido, seguramente había soñado ser ungido con los laureles de la popularidad que ahora repudia. Quería culminar su “ego trip” triunfalmente, no quería discutir. Fujimori tampoco es bueno discutiendo y por ello pateó el tablero en el año 1992.

Pero nuevamente le falla la memoria a Vargas Llosa cuando dice que los venezolanos “apoyaban mayoritariamente el sistema democrático y habían repudiado el intento golpista que pretendía imitar el ejemplo peruano”. El golpe de Chávez fue el 4 de Febrero de 1992, el de Fujimori el 5 de Abril del mismo año. En su apasionamiento Vargas Llosa altera la secuencia de los hechos y pone la carreta delante del caballo. ¿Superficialidad, carencia de interés o intencionalidad malsana?

Risible no es quien, como Chávez, propone echar al tacho más de siglo y medio de independencia de opereta -y ello es aplicable a todos los países latinoamericanos. ¿De que independencia podemos hablar si somos esclavos de conceptos europeizantes, que en el Perú llamamos “huachafos”? La palabra “huachafo” viene de una deformación del “Nuevo rico” peruano fruto del negocio del guano de las islas, que cuando viajaba a Londres el siglo pasado, compraba ropas, muebles y menaje en una calle –donde los nuevos ricos de todo el mundo iban a comprar- que se llamaba White Chappel. Los que ahí compraban se llamaban despectivamente “white chaps”, por decir gente de gusto dudoso. Vargas Llosa merecería un busto en esa calle, si todavía existiese.

Los peruanos estamos acostumbrados a las veleidades del escritor y a sus espasmódicas “pataletas”, lo cual no desmerece en absoluto sus méritos intelectuales y literarios. Estas pataletas están pobladas de una ficción de “democracia”, “mercado”, “estado de derecho” cual mágicas abracadabras de un mundo ideal que el escritor cree que en alguna parte existe. La mayoría de los literatos, con muy pocas excepciones como Borges -que era más matemático que literato- son debiluchos en ciencia, matemáticas y acción. En ello se parecen a los abogados. Tienen una especie de aversión a todo aquello que no es decorativo y que es descarnadamente verosímil. La matemática de Chávez es verosímil al plantear que tres poderes no son suficientes y revivir el “Poder Moral” propuesto por Bolívar. Todas las cosas siempre son cuatro; estaciones, elementos, nucleótidos de ADN, o los cuatro Suyos Incaicos. Solo esta contribución de Chávez al diálogo político reverdece conceptos ancestrales que en el Ande son comunes a la Crotone Pitagórica. Si Darwin hubiera sido coetáneo de Bolívar, simplemente hubiera definido su “Poder Moral” como lealtad a la especie. Enormemente valioso es también el transmitir a ese Bolívar pendiente, aquel de Angostura que planteaba el nuevo Poder debía señalar la inmoralidad en una especie de “dazibao” institucionalizado, de forma muy similar al tratamiento que se le da al “Q’ara” (hombre signado como “paria” porque no reconoce la reciprocidad) en el ancestral mundo andino.

Vargas Losa está prisionero en su propia fábula y cual la zorra del mismo clama que las uvas están verdes porque, simplemente, no las alcanza. En este entrampamiento mimético cree que planificación y mercado son antagónicos. ¿Cree acaso que las transnacionales que tanto adora no planifican ni conspiran, o que los mercados son sacrosantos lugares animados por personajes propios de Walt Disney? Es que las palabras siempre devienen insuficientes y es fácil caer entrampado en ellas. Las palabras en economía no significan mucho, no son ellas las que generan riqueza ni suplen necesidades, son los actos de los hombres, más propiamente la actitud de los hombres hacia las cosas las que lo hacen. Los actos de los hombres son apasionados y esa pasión es contagiosa cuando alguien plantea una utopía. Utopía no es lo imposible, sino es la actitud hacia adelante, es el no conformismo, es Juan Ramón Jiménez con eso de “dadme papel rayado y escribiré al través”. Este inconformismo está en la obra literaria de Vargas Llosa, está en cada hoja de sus libros, pero creo que, por eso mismo, está completamente ausente en su ser público que se acerca más a los “apoltronados” de Bolívar. Thoreau se preguntaba “¿Puede un hombre abrigar una opinión y contentarse con eso?” Hay hombres de acción, Chávez es de esos que rompen el molde y pueden cambiar las cosas. Si el escritor peruano se detuviera un poco y revisara sus ancestros, no digo a Bolívar que es reciente, sino a Guamán Poma de Ayala, el gran fundamentalista andino del siglo XVII, se encontraría que tanto Chávez como Bolívar tienen parte de esa savia inconsciente andina.

Por su inhabilidad apreciativa y su idealización literaria del liberalismo económico, Vargas Llosa sería prontamente calificado por Bertrand Russell como uno de esos “fanáticos del mecanicismo”, que creen que algo oculto y complicado maneja las cosas que no entienden, más aún cuando su acceso a los mecanismos y sistemas es sólo a través de las palabras. Cae nuestro connacional en plantear, aunque se dice agnóstico, que la creencia es superior al conocimiento, que hay cosas que están dadas, hechas y por ello erige totems contradictorios. El conocimiento es pasión y Chávez no parte de una ideología (de un sistema de creencias, como él) sino que es dueño de una actitud de conocer haciendo… y eso es estimulante a nivel humano, ya que esa actitud parte de la frescura de lo que nos es común, el inconsciente colectivo humano, el cual está por necesidad propia de especie encima de toda creencia.

Debería Vargas Llosa revisar el concepto andino de Reciprocidad como ley natural, para entender que mientras no hagamos una toma de conciencia de este extraordinario concepto seguiremos abrumados por las creencias dogmáticas y la falta de humanidad. Que revise al pitagórico Arquitas y encontrará cómo hace milenios el Ande estaba cercano a la utopía sinárquica de Crotone. Que revise la Nueva Atlántida de Bacon y encontrará lo mismo. Hay raíz en el Ande, y Chávez es uno de esos frutos, que por necesidad cultural y mandato del inconsciente colectivo surgen, felizmente, de vez en cuando…

Finalmente su vergonzante súplica al poder económico internacional y especialmente a Estados Unidos pidiéndoles que “multipliquen esfuerzos para moderar los excesos voluntaristas, verticalistas y planificadores del estentóreo caudillo, y exijan de él, en política económica, un mínimo de sensatez”, parece extraída del razonamiento propio de algún colaboracionista francés con los nazis de entonces. Es la invocación a un golpe internacional por medio de la asfixia económica del aislamiento, es invocar un siniestro bloqueo como el que se hace con Cuba ¿Qué daemones se han enseñoreado en la mente del escritor para proponer un mundo servil, sin voluntades, chato, dominado por otros donde, por nuestro lado, no surjan hombres extraordinarios? ¿No serán acaso sus frustraciones políticas y sus errores de juicio los que hablan por él? ¿No es acaso su actitud la del Eróstrato revivido por Sartre, que quemó el Templo de Diana en Efeso para así lograr pasar a la Historia?

Richard Dawkins dice que los hombres no poseen memes (análogo cultural de un gen) sino que los memes poseen hombres. Penosamente, Vargas Llosa es una comprobación perfecta de ese meme que campea en las mentes de los dominados y acomodados, aquellos con quienes se encontró Bolívar en Lima, aquellos que entregaron la ciudad de Arequipa al invasor chileno-británico en 1879, aquellos que han perdido la capacidad de emocionarse y creen que la fatalidad existe…

Podrán decir muchas cosas sobre lo que pasa en Venezuela, pero viene mi mente aquello que dijo Galileo Galilei después de ser coaccionado en la Inquisición…”¡Y sin embargo se mueve!”. Porque algo se mueve en Venezuela y el que algo auténticamente humano, y por ello rebelde, se mueva en alguna parte es una buena noticia.