Magia Negra

enero 15, 2010

Desde el fondo de las generaciones, desde los africanos tambores golpeando, retumbando en las sienes, circulando por las venas, asincopado pero en armonía, llega al corazón el origen: orgulloso de ser lo que es y mirando las estrellas entre conchas tiradas en manojo, barajando porvenires en su descendencia y abriéndose paso entre caminos abiertos por manos negras para que desfilen pies multicolores, los pies de nuestra América.


Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, Última parte

junio 11, 2009

En palabras de León Febres Cordero (+):

“Los perros runas, aunque se junten con leones, seguirán siendo perros runas” [1]

(León Febres Cordero refiriéndose a la relación social existente entre él y Alberto Dahik).

Un héroe en su laberinto

Un líder en su laberinto

Es crucial notar que Febres Cordero se consideraba a sí mismo como “dueño del país”,  ante la cómplice anuencia[2] de la prensa nacional que lo adjetivaba muy suelta de letras de igual modo, corroborando un libreto añejo de la nobleza guayaquileña: controlar el país para ponerlo al servicio de sus ‘patricios’, dueños de poderosos intereses económicos, o declarándose abiertamente “independientes”. La repetición del guión fascista, pero en la Perla del Pacífico: Desprecio por el origen como regla natural de una sociedad domesticada entre telenovelas y actitud social de revista de vanidades.

Es luego de todos estos razonamientos que para mí el ‘Proyecto Singapur’ no parece tan brillante como podría parecer al principio a cualquier persona, y conste que no hablo de dejar que Guayaquil se convierta en un paizuelo en manos de un puñado de fanáticos racistas. Por otro lado, también está Manta, por ejemplo, que tiene tanto derecho como Guayaquil (¿o no?).

Los guayaquileños quieren ver mejor a su ciudad: quieren verla próspera y bella, pero depende de qué guayaquileños estemos hablando y cómo miremos esa prosperidad. Los aristócratas verán una ciudad cuyo centro colonial derrame oro por los cuatro puntos cardinales, y si alcanza para más allá del centro, pues enhorabuena para el resto, a condición de que el gobierno esté en sus manos. Es previsible y siempre ha ocurrido.

Sin embargo, luego de tantos años de un proceso de desarraigo de los valores culturales de la mayoría de la población, me queda la duda por saber si la buena fortuna cambiaría la situación social de Guayaquil, es decir la negación del origen, el egoísmo que parte de la “nobleza” y se ha enraizado en los ciudadanos sencillos, cuya autoestima depende de lo que puedan extraer de su bolsillo: mientras más tengas, más vales. Si no tienes nada, pues ya sabes… El origen está bien para los ‘nobles’, que los cholos nada tenemos que merezca recordar. ¿Y qué pasó con los valores espirituales? ¿Valdrá algo mi cultura? ¿Y dónde queda mi noble ancestro aborigen, dueño de una cosmovisión que hoy en día revoluciona las ciencias sociales, y eso que apenas empieza a analizarse?

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis.

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis, pero irónicamente en trajes de "cholos", en lugar de armaduras.

Guayaquil se quedó socialmente encadenado al siglo dieciséis.

¿Será que  el dinero hace mejores a las personas? ¿Será que con más dinero llegará la felicidad a cada rincón alejado de Guayaquil? (Al parecer ya todo el mundo olvidó los ingentes recursos que exigió a punta de carajos León Febres Cordero mientras fue alcalde, pero la periferia sigue hoy tan desatendida como entonces, una década más tarde, en manos de alguien de su mismo pelaje)

¿Y qué hay del Ecuador y su soberanía territorial? Finalmente: ¿Hacia dónde apunta el plan de los ‘aristócratas’ guayaquileños respecto a Ecuador como nación?

Viéndolo fríamente, esa es la historia de toda Latinoamérica. La diferencia clave está en un detalle muy importante: el fanatismo confabulado con un egoísmo rayano en el impulso vital de un cromagnon.

Empezaron por retirar el nombre del Aeropuerto (antes Simón Bolívar), para sustituirlo por José  Joaquín Olmedo, en mi opinión, en un acto de vandalismo histórico similar al protagonizado por otro de sus líderes: Juan José Illingworth. Es un mensaje preocupante el lanzado con tan desatinado (y hasta tenebroso) gesto. Y ahora quieren eliminar de su historia urbana el nombre de Bolívar, quitando el nombre al malecón Simón Bolívar, llamado así por el monumento erigido en su parte central, debido a la entrevista entre Bolívar y San Martín, ambos protagonistas de la independencia americana. Lo más curioso del asunto es que pretenden sustituir el nombre de un prohombre valeroso, que sacrificó hasta su vida por gran parte de Sudamérica, poniendo a cambio el de una persona prejuiciosa, cargada de defectos y cuyo mayor mérito fue cumplir con su deber de alcalde. ¿No será que en el fondo, los “aristócratas”, pretenden erigir un monumento a sus inconfesables prejuicios, personificados en su líder natural, idéntico a ellos, pero con una megalomanía desmesurada como “virtud” adicional?

La humanidad, para recuperar su humanidad, debe concebirse desde una lógica alejada de la concepción europea del ser humano y del Capital como argumento de una sociedad egoísta y primitiva. Si alguna lucha debe desafiarse frontalmente y merece combatirse, es la lucha contra el demonio humano que habita en nuestra naturaleza, que persigue intereses tan alejados del mundo que habita, que es indigno incluso de llamarse “animal”, porque hasta los animales tienen claros los conceptos de solidaridad y fraternidad.

Hoy más que nunca, es necesario educar a la población guayaquileña, empezando por proporcionarle mejores oportunidades de vida, aplicando un marco social de distribución equitativa, mientras a la par se le hace reflexionar sobre su verdadero origen, no aquél ridículo que pretende un par de “historiadores” asalariados y fanáticos, como parte de un plan fascista, engendro de la “aristocracia” medieval guayaquileña.

Urge un programa de gobierno tendiente a integrar activamente a la población con el resto del país, por medio de negocios agroproductivos, enlaces sociales y culturales que desvirtúen los delirios fanáticos de poder de una clase decadente, reparando así los daños del vandalismo histórico fruto de un fanatismo intolerante: verdugo que pretende perpetuarse así en la mente de sus indefensas (por ignorancia, con libros de “historia” que no enseñan historia en absoluto) víctimas para tenerlas siempre a su servicio.

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[1] http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/584-lapidarias-frases. “Runa” es un término peyorativo que se refiere al indígena como una raza inferior, desde el punto de vista europeo. En su acepción kichwa originaria, significa simplemente ser humano.

[2] Como una patética muestra de servidumbre a León Febres Cordero y al “estilo de vida” norteamericano, los medios de prensa ecuatorianos se dieron en publicar titulares utilizando las iniciales del político ecuatoriano (LFC), como solía hacerse en Estados Unidos en la década de los sesenta, al referirse a John Fitzgerald Kennedy (JFK).

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Una canción muy a propósito del tema:


[Relato]Luis Alberto Mendieta: La Pintá, Última parte

junio 6, 2009

La Pintá, escena final.

Mientras se acercaba al lugar escuchó una canción dulce aunque algo triste, y comprendió de inmediato que Pinzón la había compuesto en su honor.

Alcanzó a percibir Pinzón mientras cantaba, aquella fragancia a canela de su primer encuentro y calló de pronto. Miró hacia todos lados, dio varias zancadas hacia donde creyó percibir el aroma y al encontrarse con ella de pronto, entrelazó sus manos con las de su sirena y la acercó hacia sí, emocionado.

– ¡Sirena! – Trémula la voz- ¡Cuánto te he esperado, niña! ¿Por qué me has dejado cantando mi canción, solo, como un loco, tantos días? ¿Al menos la escuchaste alguna noche allá, entre las olas?

Su mirada reclamaba duramente, con mayor acento aún que las palabras.

Anaìs contempló enternecida la ingenuidad del muchacho y luego de abrazarlo fugazmente, se lo llevó hacia un rincón, donde acalló sus reproches con besos apasionados y le entregó sin importarle las consecuencias, aquello que el negrero tan celosamente había protegido de cualquier varón y de sí mismo.

En su brío de corcel impetuoso, en el vigor de toro enamorado que empeñó al poseerla, en la sensible percepción de sus apetencias a la mínima inflexión corporal, al más escueto suspiro, halló Anaìs en Pinzón al complemento que nunca volvería a encontrar en su vida.
Ante el infinito número de los ojos del Dios de Pinzón, parpadeando taciturnos como siempre, poseyó el hombre por primera vez en su vida a una mujer, creyendo que amaba a una sirena, sirena suya con sabor a canela y a sal.

Hasta que el horror de pensar en su amo despierto puso en pie a la esclava, de regreso al lugar del que partió, lamentándose el no haber dicho su nombre ni preguntado a su amante el suyo y temiendo que jamás podrían saberlo.

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Se encontraron a dos pasos de la puerta del camarote.

– ¿Dónde has estado, mujer? – Acento casual, siniestro el solapado matiz de fondo. – Asió furiosamente su cabello, como quien sujeta las plumas de un escobajo, rumbo al camarote.

Al entrar, lanzóse como un loco hacia ella y nomás tenerla junto a sí, presintió lo que había ocurrido. Madrugada aún.

Energúmeno, la tiró sobre la cama y luego de hacer jirones sus prendas hasta desnudarla totalmente, olfateóla como un furioso galgo allí, allí donde no debía, y de rabia la poseyó hasta que el asco dijo basta.

Al amanecer, consciente de que su negocio tomó un giro inesperado, juróse al menos desquitar la cuenta con la causa de su desgracia, sin atreverse a tocar a la esclava, por no acabar de estropear su mercancía, pero jurándose mantener la cuenta pendiente.

Empezó por asesinar al capitán de una puñalada y a traición en cuanto se opuso a su designio de matar al infractor y luego de sobornar al navegante y a cuantos pudo, se convirtió en Mayoral de alta mar.

A la conmiseración de los marinos ante su camarada y la ira por la muerte del capitán, interpuso doblones de oro y hasta prometió esclavos, ofreciendo aún más a quien acusara al culpable de tener tratos con su esclava. La tripulación miraba al sujeto como al lunático en que se convirtió, indecisa, mientras esperaba inquieta el día de su llegada al puerto. Por la tarde, dos días después y ante el peligroso silencio de los marineros, reunió a todos y parado sobre el castillo de popa exclamó:

– ¡Mil escudos por la cabeza del bellaco que violó a la negra! ¡Están aquí, en esta bolsa!

Y la abrió, dejando brillar a la vista de todos los presentes las monedas de oro. Luego introdujo una mano en ella y enterrándola entre las monedas, las sacaba a puñados que dejaba caer nuevamente en el talego. Repitió la operación varias veces hasta evidenciar que efectivamente estaba repleta de monedas de oro, sin perder de vista los codiciosos ojos de la tripulación, alucinada ante el espectáculo.

Las lenguas de la marinería acabaron por deslenguarse. Ataron de pies y manos a Pinzón, lo entregaron y exigieron la recompensa. El botín se repartió entre todos a partes iguales.

El negrero, consecuente con el hecho de que en tierra su venganza sería imposible, asesinó a Pinzón aprisa, empezando por descargar un terrible golpe en su cabeza, pese a que de cualquier modo estaba extenuado, luego de luchar contra toda la tripulación para salvar su vida.  Quería evitar escándalos, en caso de que la tripulación, en posesión del oro, se arrepintiera de haberlo entregado y volviera a rescatar a su compañero. Luego lo apuñaló varias veces, un poco por asegurarse, y otro por bajo instinto. Finalmente lo arrojó al mar como a un bulto, aprovechando que los marineros se encontraban atentos a la repartición del dinero.

De inmediato hizo circular botellas de ron, no sin antes condimentar la bebida con ciertos polvos que traía para ocasiones como ésta.

Luego, fingiendo intensa pesadumbre, se puso a contar la historia de Anaìs a toda esa gente, que formó un corro en torno suyo. Al finalizar, uno preguntó:

– ¿Y qué hay de la niña? ¿Aún podéis ir a recogella, no?
– ¡Grandísimo follón! ¿Es qué tan duro tienes el colodrillo, que no os hacéis cargo de quién está hablando aqueste hombre? –Respondió otro, agarrando por detrás la greñuda melena del primero-.

Fue entonces cuando empezó a surtir efecto el aderezo. El negrero tuvo algún trabajo en recoger cada una de las relucientes monedas. La mayoría quedaron desparramadas en cubierta, y fueron las más fáciles de recuperar; pero unas pocas costaron esfuerzo, pues fue menester arrancarlas de las manos de algunos, que aún en trance de muerte se negaban a liberarlas hasta el último aliento de vida.

***

Alcibíades llegó a Lima con la novedad de que la peste negra había acabado con toda la marinería y que de milagro había salido él con vida. El dueño de la embarcación y la Autoridad del puerto recibieron reporte de la penosa fiebre que mató al capitán y a toda la tripulación, hecho que obligó a la nao a permanecer en cuarentena en un punto alejado del puerto, junto con el negrero y sus esclavos, que milagrosamente, -advirtieron las autoridades, dejando para luego mayores averiguaciones- se salvaron de la peste. Declaró, colérico al enterarse de su inevitable cautiverio, que en cuanto terminara la cuarentena, marcharía hacia el puerto de Guayaquil, y de allí a Quito,  a vender a sus esclavos.

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sirena_cofre

Uno de los negros de Alcibíades logró escapar una noche. Tuvo que nadar muy poco para llegar a la costa, y de allí pasó a varios poblados de pescadores. Al llegar al último, se enteró de una aldea de cimarrones que vivía en las estribaciones de ciertas montañas, al sur, en el Ande, que aunque lejanas, eran seguro refugio para los esclavos fugitivos. Le obsequiaron los indianos pescadores algo de comer, compadecidos al verlo gris y macilento por el terror y el hambre prolongada. Luego le ofrecieron un jarro de aguardiente y a modo de agradecimiento, relató algo alucinado por los efectos del alcohol, la historia de un hombre que se enamoró de una sirena y tuvo amores con ella; al punto cantó la triste melodía que compuso el marinero en su honor, que se filtró aquella madrugada a las entrañas de la nao y llegó nítida a sus oídos, en mitad de la mar océano.

Finalmente añadió de su parte que toda la tripulación se había trastornado al escuchar que la Sirena repetía la canción de su novio, y aseguró que todos se lanzaron al mar, en un ataque de locura, a excepción de los esclavos, “porque estaban encerraos en la panza del navío”.

Pasó allí la noche el cimarrón, contando detalles de esta y otras historias hasta que la brisa marina enfrió el ambiente y la luz de la fogata empezó a languidecer. Los aborígenes se fueron a dormir en cuanto se quedó dormido de borracho, porque no paró de beber en toda la noche y ellos llenaban otra vez la jarra en cuanto se vaciaba, por reír sus ocurrencias o lamentar en silencio sus desdichas.

Al alba, le despertaron los primeros rayos de un sol que atravesó la bruma para pegarle en la cara, luego de haber despejado un poco de la cabeza el aguardiente de la noche anterior. Se despidió brevemente, haciendo un gesto con la mano a un par de niños que habían salido a espiarlo, antes de internarse en la manigua, hacia el sur, en busca de libertad.

***

La leyenda de Pinzón y la Sirena llegó pronto a oídos de la gente de mar, por los pescadores, que llevaron la novedad a los puertos aledaños. Y con ella la canción, dulce y apasionada, que aún cantan algunos marineros de Cartagena de Indias, Panamá y otros puertos de las costas de lo que un día se conoció como Tierra Firme.

Cantan hasta caerse de borrachos, en alguna taberna cercana al puerto.

Son los marineros viejos. Son ellos recordando con nostalgia, por el tierno acento de la melodía, sus lejanos amores de juventud.

La Pintá, primera parte.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, tercera parte.


Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 3a. parte

mayo 29, 2009

Hermano envidioso.

Los ‘patricios’ quisieron ver intencionadamente en muchos casos, en otros por miopía intelectual, en Quito la causa de todos los males de Guayaquil, cuando en realidad fueron siempre sus intereses la causa de los males de su propia ciudad. ¿Por qué? Por un detalle muy interesante. Para ellos, simplemente no existen más guayaquileños en la Perla del Pacífico, que ellos mismos. La población fruto de la fusión intercultural (léase “población mestiza”, desde la distorsionada visión actual de la humanidad) es una suerte de casta servil que debe atenerse a la suerte de sus amos, y si a sus amos les va bien en sus negocios, siempre recibirán alguna recompensa; de lo contrario pasarán hambre y pobreza. Es así como puede uno llegar a penetrar la naturaleza, por demás primitiva (con cientos y hasta miles de años), del “aristócrata guayaquileño”. Lo que tuvieron siempre es envidia de poder, y si la capital fuera Cuenca, pues tod@s contra ella.

Los sentimientos más básicos pueden encontrarse, a manera de ejemplo, en algunos personajes de triste recordación. Tal el caso de Juan José Illingworth[1][2], que en un arranque de ‘civismo guayaquileño’, de algún modo logró subir hasta lo alto de una pared, para arrancar un rótulo que mostraba el nombre de la calle Quito,

“porque no le gustaba el nombre”.

¿En realidad representan estos ‘patricios’ a la Perla del Pacífico, o será más bien que representan los intereses de su grupo social ultra-conservador, que en casos como este nada más llenan de vergüenza a los guayaquileños?

Negación del ser.

Del mismo modo que España niega su ancestro árabe, en América Latina todo aquél que tiene piel blanca o ancestros con tales características, niega su “mestizaje”, en especial aquellos de piel no tan clara o incluso más oscura, prefiriéndose en América atribuir la piel oscura al origen árabe (negado en Europa), que reconocer cualquier otra procedencia.

Es particularmente desgarrador (aunque usual aún en nuestros días) el caso de las familias que relegan a los hijos de piel oscura o rasgos aborígenes o africanos, prefiriendo a los de aspecto europeizado, y ‘oficialmente’ en la familia, se niega cualquier antepasado que no sea europeo, creando así el fundamento de auto-negación, vergüenza del ser, odio por lo propio y preferencia por lo extranjero como lo único válido. Walter Graziano[3] sin duda acierta incontestablemente al afirmar que Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Hitler es la figura política más fuerte de un movimiento cuyas ‘tesis’ fanáticas datan de muchos siglos, siempre tras la cortina de resentimientos nacionales, complejos de inferioridad e intencionalidades políticas basadas en impresiones personales de masas carentes de la más mínima ilustración; gente que sólo entiende lo que sus ojos pueden ver: material dúctil para la manipulación política. Es así como se oficializa una corriente mundial que ‘postula’ la supremacía de una raza sobre otras, bajo el imperio de la brutalidad bélica y la mala fe como instrumentos críticos de la construcción de imperios y dominación, aplicando ejemplos de civilizaciones antiguas, métodos arcaicos en el contexto actual de la humanidad, que exige un modelo equitativo y pacífico de convivencia, so pena de extinguir su propia especie.

Volviendo al caso ecuatoriano, Guayaquil, el mestizo, es la mayoría de la población, compuesta por gente de origen europeo (hispano principalmente), NEGRO y MONTUBIO. El montubio es conocido como el mestizo por antonomasia de la costa, pero originariamente es el indígena, oriundo de su localidad, pariente de aquellos que se salvaron de incontables masacres colonialistas que buscaron (y lograron) quedarse con sus tierras.

Como nota aclaratoria, indígena significa nativo, originario de un país, como el así llamado indio en la sierra ecuatoriana o como cualquier suizo en Berna: Todos somos nativos de nuestro país de origen. El suizo es indígena de su país. Pulse sobre la imagen para leer la definición de la Real Academia Española.

El ‘guayaco’ es entonces una fusión, como ocurre con millones de personas en toda América, de la cultura nativa de su localidad (en este caso el montubio o aborigen local), con la diáspora africana (no en todos los casos), que empezó como esclavitud, y del hispano que llegó de Europa a conquistar, con un enorme caudal de prejuicios y muy escasa cultura, aunque la  intrepidez fue siempre uno de sus más valiosos atributos (no siempre, por supuesto). Hay otros casos pero la inmensa mayoría tiene ese árbol genealógico. Muchos de ellos tienen economías emergentes, es decir, son gente humilde con afán de progreso. En consecuencia, bajo la severa mirada del aristócrata guayaquileño, ¿qué vienen a ser?, porque guayaquileños no son, según su forma de ver la vida.

En pocas ciudades de Ecuador como ésta es tan evidente el materialismo per se, la injusticia y la desigualdad social: mientras se ostenta un Centro Cívico de primerísima categoría, se posponen necesidades urgentes de barrios periféricos como cobertura de servicios básicos y accesos en buen estado. Frente a un barrio elegantísimo, se levanta otro en el que el hambre es el pan del día. Todo esto delata la verdadera naturaleza de quienes detentan el poder, es decir la terrible casta dominante, los ‘nobles guayaquileños’, y son tan nobles, que les tiene muy sin cuidado la satisfacción de las necesidades de sus siervos, y pretenden vencer a la violencia criminal de las calles con más violencia, en lugar de pararse a pensar en el origen de ella: la inequidad social. En ese cuadro de valores, el ser humano vale por su raza, como si se tratara de un perro.

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[1] Desde mi modesta opinión, la breve biografía expuesta por Rodolfo Pérez Pimentel (y que se cita en el enlace), adolece de un juicio excesivamente materialista y cargado de prejuicio para tomarse como fuente bibliográfica fidedigna. El biógrafo analiza la  circunstancia material del objeto de su análisis y no su talento como matemático, que por cierto se ve apoyado por universidades extranjeras: Illingworth también es ecuatoriano y además latinoamericano, pese a sus concepciones personales de la sociedad que le tocó vivir. Sin embargo, el enlace facilita detalles biográficos simplemente inexistentes en otro sitio para cualquier investigador serio (¿no es obvio que faltan investigadores que publiquen en Internet y contrasten opiniones en nuestro país y el mundo? Pérez Pimentel es una grata excepción del esfuerzo PERSONAL por documentar la Historia Nacional de cara al planeta, tal y como lo conocemos en el año 2009). Es necesario entender en la figura de Illingworth no tanto a su persona, sino a toda una corriente de prejuicio de la cual es él una figura, por difícil que sea reconocerlo, destacada.

[2]Una pequeña muestra del fanatismo de los ‘patricios’ (o sus esbirros) guayaquileños, en franca exposición de su delirio separatista. Incluye artículo de Illingworth:

http://es.5wk.com/viewtopic.php?f=31&t=145650

[3] El siguiente es un enlace al libro de Graziano, en su versión íntegra, visible en pantalla:

Pulse aquí,

o aquí.


Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 2a. parte

mayo 20, 2009

Un poco de genealogía.

De España y su conflicto de origen precisamente viene el prejuicio que se extendió a los aborígenes americanos en cuanto los conquistadores pusieron pie en estas tierras, y dura hasta nuestros días en ambos lados del Atlántico, porque ni aquí ni allá se ha asumido en su justa y natural dimensión la diversidad del origen, pues allá se niega la fusión de sangre con el pueblo árabe (luego de varios siglos de convivencia con el conquistador moro) tal como ocurre acá con la fusión entre europeos y las culturas americanas, en una exhibición dramática de ignorancia garrafal, pues evidentemente se desconoce que a lo largo de la historia, todas las culturas se han ido integrando con lazos de sangre, ya sean “nobles” o “plebeyos”, por lo que el término mestizaje no deja de tener una connotación discriminatoria, puesto que parte de la premisa de una concepción de la humanidad a partir de razas ‘puras’ más o menos recientes[1], hecho del todo imposible por razones genéticas, para empezar. Es decir, no se mira a la humanidad  y su Memoria en decurso natural, sino que se la contempla oblicuamente, validando de manera implícita las esquizofrénicas teorías del Nacional Socialismo alemán que desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

Como decía, las culturas originarias debieron establecer nexos de sangre con sus vecinos, por razones políticas y sociales, procurando evitar las ya mencionadas anomalías genéticas, que no eran en absoluto desconocidas en esa época, pero de manera empírica, debido a la comprensión de que podían ocurrir malformaciones congénitas por enlaces con parientes cercanos [2]. Las razas ‘puras’ sólo pudieron existir en el remoto pasado, hace cientos de miles de años o aún más, pero la dinámica de la vida sobre el planeta inició espontáneamente el proceso de fusión intercultural, empezando por las tribus nómadas, que finalmente formaron naciones. Paralelamente los intereses políticos y/o los cambios climáticos iniciaron la migración/conquista de nuevos territorios, y fue así como se consolidó en vastas zonas esta fusión intercultural. El ‘mestizaje’, es un término peyorativo o más bien eufemista que pasa por alto los razonamientos previos y menosprecia la historia de la humanidad supeditándola al interés del imperio de turno y a la megalomanía de la civilización occidental y su fanatismo incurable. Las culturas aborígenes americanas son originarias desde el punto de vista europacentrista, puesto que también en América se vivieron procesos similares de fusión intercultural entre las diversas civilizaciones y pueblos de la región. La interculturalidad es un fenómeno humano milenario, pieza clave de la evolución de las ciencias formales, y de las artes[3].

Finalmente, la concepción de una estirpe común europea que dio origen al pueblo ario, es tan mítica y absurda como la existencia de los dioses olímpicos. El verdadero problema no está en el fondo, sino en la forma, porque simplemente se analiza de manera frívola lo que miran los ojos: el color de la piel. Como decía Alejo Carpentier:

“… Y qué cosa es la cuenca mediterránea, sino el crisol del mestizaje más fabuloso y más tremendo de la historia…”

Sugiero ver el vídeo adjunto. Pero volvamos al tema de este análisis.

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[1] El término apropiado no es ‘puras’, sino originarias, palabra que coloca en su lugar científico al análisis. Para algunos, la “raza aria” fue ‘pura’, hasta antes de la conquista árabe de la península ibérica, pero en realidad se trata de desconocimiento y manipulación de la historia, porque siempre hubo migraciones dentro de Europa y entre Asia (enlace comercial), África (Cleopatra, p.e., visitó Roma acompañada de Julio César, y obviamente no llegó sola, sino acompañada de su corte femenina) y Europa, lo que desmitifica el fantasioso concepto de raza aria, que varios financistas norteamericanos fanáticos según Antony Sutton, han impulsado desde la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad.

[2] Véase Endogamia en la Wikipedia. Por razones de interés político y de dominación, muchas castas europeas han padecido en carne propia problemas de salud debido a tal supuesta necesidad de enlazarse entre parientes cercanos para conservar el poder. Los casos más famosos son los de castas prominentes del feudalismo europeo: Los Borbón y los Habsburgo, siendo este último caso el más notorio y documentado de endogamia.

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Opinión de Alejo Carpentier sobre el ‘mestizaje’.

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[3] Composición de un afroamericano que definió el estilo musical de la música contemporánea: Scott Joplin.

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Tema de la próxima entrega: Hermano envidioso.


Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 1ra. parte

mayo 9, 2009

Guayaquil_Malecon2000Mirando el caso de una ciudad tan exitosa como Singapur, cualquier persona, por sencilla que sea, entenderá entusiasmada que quien pretenda convertir a Guayaquil en algo similar, tiene mucho patriotismo y las mejores intenciones del mundo. De hecho, quienquiera que contradiga tal proyecto, ante la mirada de quienes acaricien la posibilidad de convertir a Guayaquil en una ciudad enormemente rica y próspera, será considerado, cuando menos, por loco, por regionalista o hasta por envidioso. Es perfectamente comprensible.

Visto así el asunto, más de un compatriota opinaría igual, pero es sólo analizando la idea y razonando sobre sus autores, que se puede entender mejor la propuesta y su  fanatismo subyacente.

Antecedentes.

Los llamados a sí mismos ‘patricios’ guayaquileños, han tenido siempre la secreta ambición de hacerse con una ciudad-estado que pudieran controlar a su antojo, bajo la consideración de que NUNCA sus intereses de clase podrán coincidir totalmente con los de un contexto más grande, como el país de turno.

Así, España tenía el inconveniente de cargar de impuestos a toda la región y era menester liberarse de la Metrópoli para dejar el oro de las cargas impositivas en las arcas personales de los señores feudales criollos. Ni hablar del control del gobierno, que reportaría enormes beneficios a los mencionados personajes. Fue así como Guayaquil se integró al proceso revolucionario. Suena usual, pues en toda América Hispana el razonamiento fue más o menos parecido, con pocas diferencias.

Luego vino la República. Allí tampoco se sintieron en sazón, porque el poder TOTAL que perseguían estaba supeditado a una ley que los rebasaba y dejaba en la categoría de segundones, pues la autoridad nacional estuvo y está sobre su autoridad de ‘aristócratas’ porteños, cuya máxima dignidad local es la de alcalde, de modo que empezaron a construir mecanismos que les permitieran tomar control omnímodo del país. Naturalmente, además de ellos, había otros grupos con ideas más o menos tan radicales como las suyas, de modo que no siempre pudieron salirse con la suya, así que el plan de hacerse con instituciones del Estado como el poder ejecutivo, que pudieran favorecer sus intereses a gusto y sabor, no siempre fue posible, aunque aquí cabe mencionar a la Junta de Beneficencia como uno de sus bastiones.

Esta institución de beneficencia favorece casi exclusivamente a Guayaquil, bajo un monopolio (la lotería), que además impide injustamente que otras ciudades promuevan juegos similares para beneficio de sus comunidades, en un caso flagrante de injusticia histórica y económica. Detrás, como siempre, subyace el fanatismo de un grupo de ‘patricios’, gente abrumadoramente cargada de prejuicios: hombres y mujeres que viven en un pasado feudalista enterrado hace más de doscientos años, para quienes la piel blanca, el apellido tradicional (o extranjero) y la fortuna sirven de señas particulares del ‘legítimo guayaquileño’, con excepción de  los libaneses, cuya piel olivácea debió encajarse en su grupo social con habilidad política, abundante dinero en efectivo y muchas alianzas de sangre.

Los demás son siervos de la glebaI_Bastión_antes_de_la_invasión_11, gente utilitaria y advenediza, tal como se conceptuaba en el siglo dieciséis en la península ibérica a los descendientes de árabes con española, o a todo aquél que no era distinguido por un título nobiliario o por patrimonio familiar.

Tema de la próxima entrega: Un poco de genealogía.

Guayaquil de mis amores, en la voz de un hombre del pueblo: Julio Jaramillo Laurido


[Música de Aquí] La Chauchita…

febrero 11, 2009

Juan Carlos Terán, el M E S Z T H I X Z O, en una impecable canción, que le hace sentir a uno orgulloso de ser ecuatoriano y saber que existen ecuatorianos de esta laya… Todo hay que decirlo, el vídeo, aunque está bien diseñado, merecía un mejor argumento, como el de la minería, digamos.

LAM