[Música de aquí] Los Indios Tabajaras

julio 17, 2009

Los Indios Tabajaras

Por Luis Alberto Mendieta.

tabajarasMussapere y Herundy encontraron algo que los blancos, seres a los que ellos consideraban  primitivos por su feroz instinto, habían dejado olvidado en mitad de la selva. Temían que fuese algún instrumento de matar, así que lo llevaron a su aldea cuidadosamente, para analizarlo luego en detalle, con permiso y supervisión de sus mayores.

Casi una semana más tarde se atrevieron a manipularlo y grande fue su sorpresa al comprobar que en lugar de fuego y muerte, el aparato arrojaba al escaso espacio de la choza en que lo examinaban, coloridos y dulces sonidos primigenios: algo así como el compendio de las voces de todos los pájaros de la jungla,  pero con la mágica posibilidad de producir entonaciones a voluntad de quien lo pulse. Y por añadidura, cayeron en cuenta, el objeto tenía forma de mujer, en alusión a la milenaria danza de la vida y su poder de crearla.

Tardaron algún tiempo en entender el funcionamiento de aquél instrumento, pero acabaron arrancándole canciones que nacieron de su corazón y de las antiguas voces de los suyos. Tan grande fue su curiosidad y su pasión, que terminaron alejándose de su familia y de la seguridad del clan, para incursionar en los dominios del hombre blanco. Querían conocer el mundo de aquellos seres capaces de crear un artefacto tan maravilloso.

Algún tiempo después de haber conocido el frenesí de las calles de Río de Janeiro y su gente variopinta, uno de ellos se los llevó para el Norte, donde aprendieron música que nadie había osado interpretar en aquél instrumento que un día encontraron en la selva, y fueron causa de admiración porque quien los escuchaba casi no podía creer su historia, y pasmados, los veían interpretar, ¡en una guitarra! a muchos compositores a los que la gente de las ciudades llamaba clásicos. Recorrieron el vasto mundo vistiendo su atuendo ancestral y aprendieron numerosas lenguas. Tuvieron que cambiar sus nombres por otros que la gente que los escuchaba pudiera recordar con facilidad, sin olvidar a los suyos, pues en su nombre recorrieron el mundo, y fue así como Mussapere y Herundy, en nombre de la pacífica tribu de los Tabajaras, nativos de la selva amazónica, entregaron al mundo, de su propia inspiración, un poco de su conmovedora Ternura.

Reseña biográfica de Los Indios Tabajaras:

http://es.wikipedia.org/wiki/Los_Indios_Tabajaras

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Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, Última parte

junio 11, 2009

En palabras de León Febres Cordero (+):

“Los perros runas, aunque se junten con leones, seguirán siendo perros runas” [1]

(León Febres Cordero refiriéndose a la relación social existente entre él y Alberto Dahik).

Un héroe en su laberinto

Un líder en su laberinto

Es crucial notar que Febres Cordero se consideraba a sí mismo como “dueño del país”,  ante la cómplice anuencia[2] de la prensa nacional que lo adjetivaba muy suelta de letras de igual modo, corroborando un libreto añejo de la nobleza guayaquileña: controlar el país para ponerlo al servicio de sus ‘patricios’, dueños de poderosos intereses económicos, o declarándose abiertamente “independientes”. La repetición del guión fascista, pero en la Perla del Pacífico: Desprecio por el origen como regla natural de una sociedad domesticada entre telenovelas y actitud social de revista de vanidades.

Es luego de todos estos razonamientos que para mí el ‘Proyecto Singapur’ no parece tan brillante como podría parecer al principio a cualquier persona, y conste que no hablo de dejar que Guayaquil se convierta en un paizuelo en manos de un puñado de fanáticos racistas. Por otro lado, también está Manta, por ejemplo, que tiene tanto derecho como Guayaquil (¿o no?).

Los guayaquileños quieren ver mejor a su ciudad: quieren verla próspera y bella, pero depende de qué guayaquileños estemos hablando y cómo miremos esa prosperidad. Los aristócratas verán una ciudad cuyo centro colonial derrame oro por los cuatro puntos cardinales, y si alcanza para más allá del centro, pues enhorabuena para el resto, a condición de que el gobierno esté en sus manos. Es previsible y siempre ha ocurrido.

Sin embargo, luego de tantos años de un proceso de desarraigo de los valores culturales de la mayoría de la población, me queda la duda por saber si la buena fortuna cambiaría la situación social de Guayaquil, es decir la negación del origen, el egoísmo que parte de la “nobleza” y se ha enraizado en los ciudadanos sencillos, cuya autoestima depende de lo que puedan extraer de su bolsillo: mientras más tengas, más vales. Si no tienes nada, pues ya sabes… El origen está bien para los ‘nobles’, que los cholos nada tenemos que merezca recordar. ¿Y qué pasó con los valores espirituales? ¿Valdrá algo mi cultura? ¿Y dónde queda mi noble ancestro aborigen, dueño de una cosmovisión que hoy en día revoluciona las ciencias sociales, y eso que apenas empieza a analizarse?

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis.

Despedida al líder, al estilo conquistador español del siglo dieciséis, pero irónicamente en trajes de "cholos", en lugar de armaduras.

Guayaquil se quedó socialmente encadenado al siglo dieciséis.

¿Será que  el dinero hace mejores a las personas? ¿Será que con más dinero llegará la felicidad a cada rincón alejado de Guayaquil? (Al parecer ya todo el mundo olvidó los ingentes recursos que exigió a punta de carajos León Febres Cordero mientras fue alcalde, pero la periferia sigue hoy tan desatendida como entonces, una década más tarde, en manos de alguien de su mismo pelaje)

¿Y qué hay del Ecuador y su soberanía territorial? Finalmente: ¿Hacia dónde apunta el plan de los ‘aristócratas’ guayaquileños respecto a Ecuador como nación?

Viéndolo fríamente, esa es la historia de toda Latinoamérica. La diferencia clave está en un detalle muy importante: el fanatismo confabulado con un egoísmo rayano en el impulso vital de un cromagnon.

Empezaron por retirar el nombre del Aeropuerto (antes Simón Bolívar), para sustituirlo por José  Joaquín Olmedo, en mi opinión, en un acto de vandalismo histórico similar al protagonizado por otro de sus líderes: Juan José Illingworth. Es un mensaje preocupante el lanzado con tan desatinado (y hasta tenebroso) gesto. Y ahora quieren eliminar de su historia urbana el nombre de Bolívar, quitando el nombre al malecón Simón Bolívar, llamado así por el monumento erigido en su parte central, debido a la entrevista entre Bolívar y San Martín, ambos protagonistas de la independencia americana. Lo más curioso del asunto es que pretenden sustituir el nombre de un prohombre valeroso, que sacrificó hasta su vida por gran parte de Sudamérica, poniendo a cambio el de una persona prejuiciosa, cargada de defectos y cuyo mayor mérito fue cumplir con su deber de alcalde. ¿No será que en el fondo, los “aristócratas”, pretenden erigir un monumento a sus inconfesables prejuicios, personificados en su líder natural, idéntico a ellos, pero con una megalomanía desmesurada como “virtud” adicional?

La humanidad, para recuperar su humanidad, debe concebirse desde una lógica alejada de la concepción europea del ser humano y del Capital como argumento de una sociedad egoísta y primitiva. Si alguna lucha debe desafiarse frontalmente y merece combatirse, es la lucha contra el demonio humano que habita en nuestra naturaleza, que persigue intereses tan alejados del mundo que habita, que es indigno incluso de llamarse “animal”, porque hasta los animales tienen claros los conceptos de solidaridad y fraternidad.

Hoy más que nunca, es necesario educar a la población guayaquileña, empezando por proporcionarle mejores oportunidades de vida, aplicando un marco social de distribución equitativa, mientras a la par se le hace reflexionar sobre su verdadero origen, no aquél ridículo que pretende un par de “historiadores” asalariados y fanáticos, como parte de un plan fascista, engendro de la “aristocracia” medieval guayaquileña.

Urge un programa de gobierno tendiente a integrar activamente a la población con el resto del país, por medio de negocios agroproductivos, enlaces sociales y culturales que desvirtúen los delirios fanáticos de poder de una clase decadente, reparando así los daños del vandalismo histórico fruto de un fanatismo intolerante: verdugo que pretende perpetuarse así en la mente de sus indefensas (por ignorancia, con libros de “historia” que no enseñan historia en absoluto) víctimas para tenerlas siempre a su servicio.

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[1] http://www.eltiempo.com.ec/noticias-opinion/584-lapidarias-frases. “Runa” es un término peyorativo que se refiere al indígena como una raza inferior, desde el punto de vista europeo. En su acepción kichwa originaria, significa simplemente ser humano.

[2] Como una patética muestra de servidumbre a León Febres Cordero y al “estilo de vida” norteamericano, los medios de prensa ecuatorianos se dieron en publicar titulares utilizando las iniciales del político ecuatoriano (LFC), como solía hacerse en Estados Unidos en la década de los sesenta, al referirse a John Fitzgerald Kennedy (JFK).

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Una canción muy a propósito del tema:


Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 3a. parte

mayo 29, 2009

Hermano envidioso.

Los ‘patricios’ quisieron ver intencionadamente en muchos casos, en otros por miopía intelectual, en Quito la causa de todos los males de Guayaquil, cuando en realidad fueron siempre sus intereses la causa de los males de su propia ciudad. ¿Por qué? Por un detalle muy interesante. Para ellos, simplemente no existen más guayaquileños en la Perla del Pacífico, que ellos mismos. La población fruto de la fusión intercultural (léase “población mestiza”, desde la distorsionada visión actual de la humanidad) es una suerte de casta servil que debe atenerse a la suerte de sus amos, y si a sus amos les va bien en sus negocios, siempre recibirán alguna recompensa; de lo contrario pasarán hambre y pobreza. Es así como puede uno llegar a penetrar la naturaleza, por demás primitiva (con cientos y hasta miles de años), del “aristócrata guayaquileño”. Lo que tuvieron siempre es envidia de poder, y si la capital fuera Cuenca, pues tod@s contra ella.

Los sentimientos más básicos pueden encontrarse, a manera de ejemplo, en algunos personajes de triste recordación. Tal el caso de Juan José Illingworth[1][2], que en un arranque de ‘civismo guayaquileño’, de algún modo logró subir hasta lo alto de una pared, para arrancar un rótulo que mostraba el nombre de la calle Quito,

“porque no le gustaba el nombre”.

¿En realidad representan estos ‘patricios’ a la Perla del Pacífico, o será más bien que representan los intereses de su grupo social ultra-conservador, que en casos como este nada más llenan de vergüenza a los guayaquileños?

Negación del ser.

Del mismo modo que España niega su ancestro árabe, en América Latina todo aquél que tiene piel blanca o ancestros con tales características, niega su “mestizaje”, en especial aquellos de piel no tan clara o incluso más oscura, prefiriéndose en América atribuir la piel oscura al origen árabe (negado en Europa), que reconocer cualquier otra procedencia.

Es particularmente desgarrador (aunque usual aún en nuestros días) el caso de las familias que relegan a los hijos de piel oscura o rasgos aborígenes o africanos, prefiriendo a los de aspecto europeizado, y ‘oficialmente’ en la familia, se niega cualquier antepasado que no sea europeo, creando así el fundamento de auto-negación, vergüenza del ser, odio por lo propio y preferencia por lo extranjero como lo único válido. Walter Graziano[3] sin duda acierta incontestablemente al afirmar que Hitler ganó la Segunda Guerra Mundial. De hecho, Hitler es la figura política más fuerte de un movimiento cuyas ‘tesis’ fanáticas datan de muchos siglos, siempre tras la cortina de resentimientos nacionales, complejos de inferioridad e intencionalidades políticas basadas en impresiones personales de masas carentes de la más mínima ilustración; gente que sólo entiende lo que sus ojos pueden ver: material dúctil para la manipulación política. Es así como se oficializa una corriente mundial que ‘postula’ la supremacía de una raza sobre otras, bajo el imperio de la brutalidad bélica y la mala fe como instrumentos críticos de la construcción de imperios y dominación, aplicando ejemplos de civilizaciones antiguas, métodos arcaicos en el contexto actual de la humanidad, que exige un modelo equitativo y pacífico de convivencia, so pena de extinguir su propia especie.

Volviendo al caso ecuatoriano, Guayaquil, el mestizo, es la mayoría de la población, compuesta por gente de origen europeo (hispano principalmente), NEGRO y MONTUBIO. El montubio es conocido como el mestizo por antonomasia de la costa, pero originariamente es el indígena, oriundo de su localidad, pariente de aquellos que se salvaron de incontables masacres colonialistas que buscaron (y lograron) quedarse con sus tierras.

Como nota aclaratoria, indígena significa nativo, originario de un país, como el así llamado indio en la sierra ecuatoriana o como cualquier suizo en Berna: Todos somos nativos de nuestro país de origen. El suizo es indígena de su país. Pulse sobre la imagen para leer la definición de la Real Academia Española.

El ‘guayaco’ es entonces una fusión, como ocurre con millones de personas en toda América, de la cultura nativa de su localidad (en este caso el montubio o aborigen local), con la diáspora africana (no en todos los casos), que empezó como esclavitud, y del hispano que llegó de Europa a conquistar, con un enorme caudal de prejuicios y muy escasa cultura, aunque la  intrepidez fue siempre uno de sus más valiosos atributos (no siempre, por supuesto). Hay otros casos pero la inmensa mayoría tiene ese árbol genealógico. Muchos de ellos tienen economías emergentes, es decir, son gente humilde con afán de progreso. En consecuencia, bajo la severa mirada del aristócrata guayaquileño, ¿qué vienen a ser?, porque guayaquileños no son, según su forma de ver la vida.

En pocas ciudades de Ecuador como ésta es tan evidente el materialismo per se, la injusticia y la desigualdad social: mientras se ostenta un Centro Cívico de primerísima categoría, se posponen necesidades urgentes de barrios periféricos como cobertura de servicios básicos y accesos en buen estado. Frente a un barrio elegantísimo, se levanta otro en el que el hambre es el pan del día. Todo esto delata la verdadera naturaleza de quienes detentan el poder, es decir la terrible casta dominante, los ‘nobles guayaquileños’, y son tan nobles, que les tiene muy sin cuidado la satisfacción de las necesidades de sus siervos, y pretenden vencer a la violencia criminal de las calles con más violencia, en lugar de pararse a pensar en el origen de ella: la inequidad social. En ese cuadro de valores, el ser humano vale por su raza, como si se tratara de un perro.

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[1] Desde mi modesta opinión, la breve biografía expuesta por Rodolfo Pérez Pimentel (y que se cita en el enlace), adolece de un juicio excesivamente materialista y cargado de prejuicio para tomarse como fuente bibliográfica fidedigna. El biógrafo analiza la  circunstancia material del objeto de su análisis y no su talento como matemático, que por cierto se ve apoyado por universidades extranjeras: Illingworth también es ecuatoriano y además latinoamericano, pese a sus concepciones personales de la sociedad que le tocó vivir. Sin embargo, el enlace facilita detalles biográficos simplemente inexistentes en otro sitio para cualquier investigador serio (¿no es obvio que faltan investigadores que publiquen en Internet y contrasten opiniones en nuestro país y el mundo? Pérez Pimentel es una grata excepción del esfuerzo PERSONAL por documentar la Historia Nacional de cara al planeta, tal y como lo conocemos en el año 2009). Es necesario entender en la figura de Illingworth no tanto a su persona, sino a toda una corriente de prejuicio de la cual es él una figura, por difícil que sea reconocerlo, destacada.

[2]Una pequeña muestra del fanatismo de los ‘patricios’ (o sus esbirros) guayaquileños, en franca exposición de su delirio separatista. Incluye artículo de Illingworth:

http://es.5wk.com/viewtopic.php?f=31&t=145650

[3] El siguiente es un enlace al libro de Graziano, en su versión íntegra, visible en pantalla:

Pulse aquí,

o aquí.