Populismo socialista o Socialismo mesiánico: ¿Qué vive América del Sur?

diciembre 10, 2011

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Populismo socialista o Socialismo mesiánico: ¿Qué vive América del Sur?


Obama, un año después

enero 28, 2010

Atilio Boron

A la memoria de Howard Zinn,
maestro, camarada y amigo

ALAI AMLATINA, 28/01/2010.- Al cumplir un año la Administración Obama presenta inequívocos signos de deterioro. Según el Rasmussen Report, dedicado a producir un seguimiento día a día de la popularidad de los presidentes de Estados Unidos, en apenas un año la aprobación popular de la gestión de Obama descendió desde un 65 % el día de su inauguración al 47 registrado el 27 de enero del 2010. En esa misma fecha la encuestadora Gallup le asignaba un porcentaje levemente superior de aprobación popular: 48 %, desde un 69 % inicial.

Las razones de esta rápida declinación son muy variadas: la crisis general capitalista ha generado un profundo descontento popular que las ortodoxas medidas adoptadas por la nueva administración para enfrentar la crisis fundamentalmente, el multimillonario rescate de los grandes oligopolios a costa del gasto social y la muy injusta repartición de los esfuerzos para superarla- no hacen sino acentuar. En los días previos a su discurso ante el Congreso y golpeado por la inesperada pérdida de la banca senatorial en el Estado de Massachussets, tradicional bastión del partido Demócrata, Obama anunció su intención de establecer regulaciones más estrictas sobre los bancos y el sector financiero y, además, de promover un conjunto de medidas tendientes a favorecer la creación de empleos y facilitar el acceso de las familias de los trabajadores a crecientes niveles de educación.

Estas promesas fueron sin duda impulsadas por la derrota electoral y la pérdida de la estratégica super-mayoría en el Senado (60 votos sobre los 100 que componen ese cuerpo) que, entre otras cosas, le permitiría avanzar con su programa de reforma del sistema de salud. Pero también fueron aguijoneadas por la constatación de la indignación popular desatada por el contraste entre las exuberantes ganancias de los principales operadores bancarios y la caída de los ingresos (y el aumento del desempleo) de los trabajadores. Goldman Sachs, tal vez el más importante banco de inversión del mundo, anunció días atrás que en 2009 había obtenido “una ganancia de US$ 3.385 millones, antes del reparto de dividendos, una cifra que resultó seis veces mayor que el beneficio logrado en 2008.” Es decir, para el capital financiero la crisis fue un espléndido negocio, y por eso los gerentes y directivos de Wall Street serán premiados, tal como lo asegura Robert Reich, con una suma cercana a los 25.000 millones de dólares en bonificaciones anuales que serán distribuidas en los próximos meses entre un puñado de privilegiados. Un verdadero escándalo para un país cuya tasa real de desempleo –es decir, incluyendo a los trabajadores indocumentados, los que trabajan a medio tiempo y los que dejaron de buscar empleo- supera ya la marca del 20 % y en el cual las diferencias de remuneraciones entre la gerencia y los trabajadores se ha disparado a las nubes. Hace unos 25 años los primeros percibían salarios que fluctuaban entre 30 y 40 veces por encima de los del trabajador medio; en la actualidad estudios concretos revelan que esa diferencia alcanzó la astronómica cifra de 344 veces. Magia del mercado, que le dicen.

Llegados a este punto es conveniente preguntarse por las razones que produjeron tan fenomenal polarización entre las remuneraciones de unos y otros. Hay dos causas principales: por una parte, las políticas neoliberales de desregulación y liberalización de la vida económica, que removieron los controles existentes desde la época del New Deal y la posguerra que ponían ciertos límites al despotismo del capital. Ronald Reagan comenzó la demolición y sus continuadores, sin excepción, profundizaron esa política. Por otro lado, el radical debilitamiento de los sindicatos: si en la década de los cincuentas más de la tercera parte de los empleados del sector privado estaban sindicalizados, la legislación anti-laboral (“flexibilización” y precarización de la relación obrero-patronal) promulgada desde los años ochenta hicieron que la proporción de trabajadores encuadrados en organizaciones sindicales se desplomara a un 7 % en los últimos años. Investigaciones empíricas demuestran que en las empresas sin sindicatos los gerentes tienen sueldos y compensaciones un 20 % superiores a las de sus colegas en empresas en donde existen sindicatos; y que los trabajadores en las primeras perciben ingresos muy superiores a los que reciben quienes se desempeñan en otras en las cuales no hay actividad sindical.

Lo anterior revela los alcances del proceso de intensificación de la explotación capitalista en Estados Unidos y la exacerbación de la concentración de la riqueza en manos de la clase dominante. En cierto sentido podría pues decirse que en ese país asistimos a una situación en la cual la lucha de clases se desenvuelve sordamente bajo un espeso velo ideológico que impide a las clases y capas subalternas adquirir una verdadera comprensión de sus propias condiciones de existencia y las causas de sus pesares. Toda la industria cultural norteamericana ha sido diseñada para negar la existencia de las clases y su irreconciliable contradicción. La permanente invocación y exaltación del American Dream -que llegó a su apoteosis con la llegada de un afro-americano a la Casa Blanca- no es sino ese cemento ideológico del cual hablaba Gramsci y mediante el cual los víctimas del sistema se culpabilizan a sí mismas de sus miserias y fracasos e inocentizan al sistema capitalista por sus desdichas y padecimientos. Lucha de clases velada y, además, atrofiada, porque la crisis del movimiento obrero, el derrumbe del sindicalismo y la claudicación del partido Demócrata (que abandonó por completo su antigua pretensión de representar a las capas medias y los trabajadores para entregarse de cuerpo y alma a los yuppies del capital financiero) dejan a la enorme masa de trabajadores asalariados norteamericanos huérfana de toda expresión política y sindical y, por eso mismo, sin capacidad para poner coto a las exacciones a que se ve sometida por la clase dominante. Bajo estas condiciones, los anuncios y la retórica de Obama difícilmente puedan surtir algún efecto: se requiere mucho más que palabras y discursos, y parece que eso es todo lo que aquél puede ofrecer al menos por ahora.

El deterioro de la situación social en los Estados Unidos puede graficarse elocuentemente si se repara que a partir del 2008 “7 millones perdieron su empleo, … 1 de cada 8 (norteamericanos) se alimenta a través de vales de comida y 1 de cada 5 dice que el año pasado tuvo serios problemas para dar de comer a los suyos.” También, si se tiene en cuenta que “si antes de las reaganomics (en los años 70s ) el 10% más acomodado capturaba menos de un tercio de la riqueza -igual no era poco-, hoy se alza con la mitad.” Esto constituye el telón de fondo de los recientes anuncios de Obama. Son también, por supuesto, factores que explican la abrupta caída en la popularidad presidencial. De todos modos, bastó que aquél hiciera algunos anuncios previos en relación a estos programas para que el establishment norteamericano y sus voceros reaccionaran con virulencia, fulminando al ocupante de la Casa Blanca con el rótulo de “populista” por su fuerte “retórica en contra de los bancos.”

Pero el malestar y la debilidad de Obama tiene también otras fuentes: una de ellas es la generalizada sensación de que la “guerra infinita” de George W. Bush es una pesadilla interminable que se agrava con el paso del tiempo, tal como lo demuestran las fatídicas noticias que a diario llegan de Irak, Afganistán y Pakistán. Y si bien en su alocución al Congreso Obama aseguró que las tropas estacionadas en Irak regresarían a casa en Agosto son pocos los que creen en semejante promesa. Es más, no sería absurdo conjeturar que la creciente militarización de las relaciones hemisféricas -con base en Colombia, convertida en la Israel latinoamericana- podría tener como consecuencia la apertura de un tercer frente bélico, ahora en esta parte del mundo. La obsesión por derrocar a Hugo Chávez y “normalizar” el cuadro político latinoamericano podría llegar a precipitar tal desatino.

A ello agréguese la muy difundida percepción de que la decadencia del “imperio americano” no encuentra en el ocupante de la Casa Blanca el piloto de tormentas que se necesita para enfrentar tan delicada situación agravada, además, por la creciente complejidad de un escenario global caracterizado por: (a) la aparición de nuevas actores dotados de extraordinarios recursos –China, en primer lugar, pero también India, Rusia y la misma Unión Europea- y (b), por el surgimiento de inéditos desafíos, como el cambio climático, la crisis del agua, el terrorismo internacionalizado y el tráfico ilegal de drogas, personas y armas, cuestiones estas que ponen en entredicho la eficacia de los mecanismos tradicionales de intervención en el sistema internacional.

Por eso, a poco andar, las promesas electorales de Obama se fueron abandonando sin mayores explicaciones. Su decepcionante conducta en la Cumbre de Copenhagen demostró claramente la tibieza de sus afanes innovadores. Y lejos de “desmilitarizar” la política exterior de Estados Unidos lo que hizo Obama, sin fuerzas para sobreponerse a las presiones de sus generales y el “complejo militar-industrial”, fue delegar cada vez más sus prerrogativas como comandante supremo de las fuerzas armadas en manos del establishment. Una buena prueba de ello la ofrece el hecho de que el presupuesto militar aprobado para este próximo año es el mayor de toda la historia de Estados Unidos, superando con largueza el billón de dólares (un millón de millones de dólares) si se consideran los gastos militares efectuados por todos los departamentos de la Administración federal y no sólo por el Pentágono. Lejos de revertir el papel dominante del Departamento de Defensa en la formulación de la política exterior, que es uno de los legados más funestos de la era Bush Jr., lo que hizo Obama fue proseguir en el mismo curso, algo que podía fácilmente pronosticarse a partir de la ratificación de Robert Gates al frente del Pentágono, nombrado como se recordará por su predecesor en reemplazo de Donald Rumsfeld. La gira por Asia mostró, además, a un presidente norteamericano a un paso de la humillación en su visita a China, y con Japón reclamando cada vez con más energía la redefinición de las relaciones nipo-estadounidenses constreñidas aún por los leoninos arreglos de la postguerra y las secuelas de la Guerra Fría.

En lo que hace a esta parte del mundo el desempeño de Obama fluctúa entre la intrascendencia y, otra vez, la continuidad con las políticas de Bush Jr. Pese a sus promesas de cerrar en el plazo de un año la cárcel ilegal que mantiene en la base naval de Guantánamo Obama tuvo que reconocer que tal cosa será imposible, al menos por ahora. La Cuarta Flota sigue navegando nuestras aguas y ahora los marines (unos 14.000 al día de hoy) asumieron el control de una devastada Puerto Príncipe que necesita médicos, trabajadores sociales, ingenieros y arquitectos y no máquinas de matar. El objetivo, claro está, es reforzar hasta el paroxismo su control territorial en la región, y el terremoto y la posterior tragedia haitiana le brindó a Washington una magnífica excusa, al igual que el derrumbe de las Torres Gemelas lo hizo para lanzar los planes belicistas de Bush y compañía. El comportamiento de Obama durante el golpe de Honduras fue, al principio errático, pero luego que la Secretaria de Estado Hillary Clinton fijara la postura de los sectores dominantes del imperio -que encuentran en ella a su más calificada y confiable representante- y caracterizara lo ocurrido en ese país centroamericano como un “interinato” la Casa Blanca se plegó a la línea emanada del “gobierno permanente” de Estados Unidos y, en la actualidad, ha convalidado plenamente el golpe por la vía del reconocimiento de la validez de unas elecciones tan fraudulentas y viciadas que la OEA y el Centro Carter decidieron que no valía la pena monitorear.

Como si lo anterior fuera poco Obama no hizo absolutamente nada en relación a la situación de los 5 cubanos prisioneros en las cárceles de Estados Unidos, bajo condiciones que ni siquiera se le aplica al más feroz criminal serial y que fueron sentenciados en un escandaloso juicio que constituye una vergüenza para el sistema judicial norteamericano. En relación al bloqueo a Cuba, condenado por toda la comunidad internacional con la excepción del propio Estados Unidos, su estado-cliente Israel y su protectorado en la Micronesia, Obama no tomó ninguna medida significativa para la eliminación de tan infame política. Como si lo anterior fuera poco firmó con Uribe un tratado por el que se le concede a Estados Unidos el derecho a instalar siete bases militares en Colombia, cuyo objetivo apenas silenciado es el de poder controlar con sus aviones cualquier movimiento significativo que tenga lugar en Sudamérica, hasta las cercanías del Cabo de Hornos. Tal como lo señalara el Comandante Fidel Castro, ese tratado constituye en realidad una anexión de facto de Colombia a los Estados Unidos: sus militares y civiles pueden entrar y salir a voluntad de Colombia, sin utilizar pasaportes. Basta para ello con exhibir un simple carnet de identidad. Los colombianos que quieran ingresar a Estados Unidos, en cambio, son sometidos a toda clase de controles y vejaciones. Los cargamentos que los norteamericanos internen o saquen del país no pueden ser sometidos a fiscalización alguna por parte de las autoridades colombianas.

Pueden importar armas de destrucción masiva, si se lo proponen; y exportar estupefacientes, cosa que ya hicieron en el pasado (recordar el affaire Irán-Contras). Por si lo anterior no bastara, los estadounidenses establecidos en Colombia gozan de total inmunidad diplomática y no pueden ser llevados a los tribunales colombianos por cualquier delito o crimen cometido en ese país. Y este tratado lo firmó Obama, no Bush. Para resumir: al cabo de un año la gestión Obama revela que es más de lo mismo, a pesar de sus recientes arrestos dialécticos que habrá que ver si son sucedidos por iniciativas concretas, cosa que no parece demasiado probable. Noam Chomsky tenía razón cuando advirtió, mucho antes de su elección, que “Obama es un blanco que tomó demasiado sol”.

(Ver el artículo completo, incluidas las notas de pie, en: http://alainet.org/active/35822

– Dr. Atilio A. Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina


Ángel Guerra Cabrera: Rebelión en la OEA

junio 6, 2009

Angel Guerra CabreraALAI AMLATINA, 04/06/2009.- La derogación de la resolución que excluyó a
Cuba de la OEA hace más de cuatro décadas por la Conferencia de Cancilleres del organismo, celebrada en San Pedro Sula, Honduras, es otra señal del cambio de época que vive América Latina. El acuerdo desestimó los inaceptables condicionamientos que insistentemente pretendía imponer Estados Unidos, reiterativos del sesgo injerencista de
la resolución ahora revocada y una burla al consenso existente en América Latina y el Caribe de rechazar aquel acto ignominioso.

Por lo pronto, lo que evidencia la reunión de la OEA es un trágico conflicto en que se debate Washington. Por un lado, su irrefrenable arrogancia imperial lo impulsa, más allá de cambios cosméticos, a perpetuar la misma actitud punitiva respecto a La Habana que ha
mantenido durante medio siglo. Por el otro, la imagen de cambio de política que intenta proyectar al sur del río Bravo al proclamar un nuevo enfoque en el trato hacia sus vecinos no resultará creíble hasta que levante el bloqueo y renuncie a la hostilidad contra Cuba. En este
sentido, cabe reconocer que al aceptar finalmente la anulación de la exclusión de Cuba el gobierno de Barak Obama muestra una sensibilidad hacia la nueva realidad de América Latina que habría sido impensable durante el de su nefasto antecesor.

Como ya había ocurrido en marzo en la cumbre de Puerto España, Cuba fue el centro del debate en la reunión de San Pedro Sula aunque no estuviera en la agenda. La Habana ha expresado de manera muy clara que no regresará a la OEA, de modo que lo que estaba en discusión era la
reparación por los estados miembros –incluido Estados Unidos- de una aberrante injusticia histórica, como señaló el presidente del país anfitrión, Manuel Zelaya, en un discurso honesto y valiente como pocas veces se ha escuchado en una reunión del obsoleto mecanismo.

La resolución adoptada por los cancilleres pone fin a otra impuesta por Washington a punta de sobornos, amenazas y chantajes, contando de antemano con el voto de dictaduras sangrientas como las de Trujillo, Somoza, Stroessner y otros gobiernos genuflexos. La OEA fue bautizada en
aquel momento como ministerio de colonias de Estados Unidos por el ilustre canciller cubano de entonces, Raúl Roa, calificativo ganado ampliamente por la complicidad del ente, antes y hasta hoy, con la criminal política intervencionista de Estados Unidos en la región.

Todos los gobiernos latinoamericanos, sin excepción, tienen relaciones diplomáticas plenas con Cuba, cuyo ingreso al Grupo de Río y participación en la primera Cumbre de América Latina Latina y el Caribe, celebrada en diciembre pasado en Brasil, mostró la voluntad unánime e
incontrovertible de sus jefes de Estado y gobierno de reparar definitivamente la exclusión de la isla de los foros regionales. Era muy clara la postura latinoamericana en San Pedro Sula y muy clara también la intención inicial de Estados Unidos de impedirla con condicionamientos que vulneran la propia carta de la organización, como demostró el presidente Zelaya al dar lectura al artículo que reconoce el derecho de los estados miembros a elegir el sistema económico, político y social que decidan, sin interferencia extranjera.

Washington debe entender el trascendental cambio social y político que está ocurriendo en América Latina y olvidarse de que un mero cambio de retórica y estilo en su política exterior, aunque conserve la misma sustancia imperialista, hará deponer los aires de independencia y
rebeldía que emanan de las calles, las minas, las veredas y las fábricas de nuestra América. Los cambios en América Latina son de tal naturaleza que la OEA, ya no puede funcionarle al imperio como en otros tiempos. La OEA nació del panamericanismo, encarnación de la doctrina Monroe. José Martí la fulminó mucho antes de que naciera, cuando a propósito de la Primera Conferencia Panamericana, en 1889, sentenció: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo?”

En todo caso, América Latina y el Caribe necesitan una estructura regional propia como lo han reclamado Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega, ajena a potencias extraregionales, reivindicadora del ideal bolivariano de independencia, unidad e integración.


Pablo Dávalos: La democracia disciplinaria

marzo 11, 2009

Intro: La sospecha como hermenéutica

pablodavalosHay una aprensión con respecto a la democracia liberal, a los gobiernos latinoamericanos que se autodenominan de izquierda y socialistas, a los discursos que legitiman a esos gobiernos y a su praxis política. Una desconfianza que se ve avalizada y confirmada por la presencia de fenómenos que, en otras circunstancias, habríamos claramente inscrito en las coordenadas del neoliberalismo pero que ahora son más esquivos y ambiguos a la hora de las definiciones políticas. Una sospecha de que algo está ocurriendo con los sistemas políticos de la región cuando estos gobiernos no tienen problemas a la hora de ganar una elección o reelegirse de manera continua apelando a prácticas que en la era neoliberal ya eran reprochables. La duda se cierne cuando se trata de clasificar a actos políticos eminentemente represivos y autoritarios que forman parte de estos gobiernos que, empero, se sustentan en discursos de izquierda. Hay una especie de hilo conductor entre el derechista gobierno de Álvaro Uribe en Colombia, y los gobiernos supuestamente de izquierda (o de centro-izquierda) de Hugo Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, Bachelet en Chile, Correa en Ecuador, Lugo en Paraguay, Vásquez en Uruguay, Ortega en Nicaragua y Kirchner en Argentina. De algún modo una misma trama los envuelve y les otorga un rasgo que los identifica y los hace comunes de manera independiente de su discurso político o de su necesidad de autoidentificación.

En efecto, más allá de las retóricas legitimantes de estos gobiernos existen realidades concretas que los adscriben y los hacen funcionales a las nuevas derivas de la acumulación del capital, del mismo modo a lo sucedido en las épocas del ajuste macrofiscal de los años ochenta, y en las épocas de la privatización del Estado por la vía de la reforma estructural del Banco Mundial en los años noventa, cuando los sistemas políticos de la región adecuaron sus discursos y su praxis para cubrir, justificar y permitir el modelo neoliberal, ahora independientemente de lo que ahora digan estos gobiernos, la privatización de los territorios avanza a una velocidad acelerada, los planes de integración multimodal no se han detenido, las condiciones de pobreza, explotación, discriminación y concentración del ingreso se han incrementado, la región sigue produciendo aquellos bienes y servicios que el sistema-mundo necesita y sigue inscrita en las desiguales e injustas relaciones centro-periferia. Por ello, cabría preguntarse: ¿Qué esconde este proceso de reconstitución de los sistemas políticos de la región que cambia la política pero que deja intacta la estructura económica del poder? Qué dinámicas políticas pueden desprenderse de estos nuevos gobiernos? ¿Son gobiernos de izquierda? ¿Son socialistas? ¿Qué significa “socialismo” para ellos? ¿Por qué pueden ganar con tanta facilidad una elección? ¿Qué sistema político se está configurando al abrigo de las retóricas socializantes e izquierdistas?

Ahora bien, es cierto que casi todos ellos han hecho un uso exhaustivo del Estado que en los años ochenta habría sido impensable, y eso es justamente lo que nos lleva a equívocos, porque creemos que algo de gasto fiscal en salud y educación, un mínimo de preocupación social en bienestar público, una política asistencialista basada en subsidios focalizados o una presencia de regulación del Estado sobre los mercados, representan una ruptura fundamental con el neoliberalismo.

Sin embargo, fue el mismo Banco Mundial a fines de los años noventa quien propuso la reconstrucción del Estado. Ha sido el Banco Mundial quien ha propuesto la focalización de subsidios para la población más pobre. Fue uno de los teóricos del cambio institucional del Banco Mundial, y premio Nobel de economía, quien ha sido uno de los críticos más radicales al FMI. Ha sido el Banco Mundial quien propuso los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM’s), al igual que los mecanismos de participación ciudadana y descentralización, que se han convertido en la brújula política de los gobiernos socialistas (y también no-socialistas) de la región. Entonces, ¿qué tipo de socialismo es éste que replica la prosa y las intenciones del Banco Mundial? ¿Qué tipo de izquierda es ésta que se siente tan cómoda en el libreto liberal de la política? ¿Por qué los movimientos sociales no pueden deconstruir y develar el verdadero rol político de estos gobiernos?

Se ha propuesto la definición del populismo para intentar si no comprenderlos, al menos clasificarlos, pero el populismo es una definición demasiado fácil que más bien encubre los procesos reales que caracterizan a estos gobiernos y da cuenta solamente de una forma de hacer gobierno pero no de la forma de ejercer el poder. Por ello, creo que habría que distanciarse de la categoría de populismo para comprenderlos. Puede ser que, a pesar de que la geografía política los ubique en los extremos, pero en las formas Uribe en Colombia, y Chávez en Venezuela sean muy parecidos, así como Correa en Ecuador, o Lula en Brasil, pero no es solamente el parecido en la forma lo que llama la atención sino el trasfondo que los identifica y los proyecta en la geopolítica de la acumulación del capital

La cuestión, por tanto, es comprender la textura política de esa trama que los ubica en un mismo proceso y bajo una misma dimensión. Esa cuestión de fondo, sin duda, hace referencia a la acumulación de capital y a las luchas de clases que le son inherentes, y que se inscriben en las nuevas dinámicas del sistema mundo ahora sumido en una de sus crisis más profundas. Independientemente de sus retóricas legitimantes, ninguno de esos gobiernos se ha constituido en un obstáculo a la acumulación del capital. Estos gobiernos, en consecuencia, no representan ninguna salida al capitalismo, ni siquiera una alternativa en la cual pueda pensarse a futuro, sino en la continuación de las relaciones centro-periferia del imperialismo. Pero esta explicación solamente es una heurística en la cual situar algunas hipótesis.

Primo: la taumaturgia del discurso liberal

En todos estos países latinoamericanos las disputas políticas intentan resolverse al interior de la institucionalidad vigente y son procesadas desde el discurso liberal. Los gobiernos de izquierda de la región retoman un entramado institucional que ha sido diseñado y puesto en marcha desde las lógicas de intervención del Banco Mundial. La institucionalidad que los gobiernos de izquierda han heredado es una institucionalidad construida desde el neoliberalismo.

Aquí se plantea una contradicción lógica de gobiernos que se dicen socialistas o que adscriben de alguna manera a las tesis de la izquierda política, pero que se dirimen, se estructuran, y a la larga definen la correlación de fuerzas en las luchas del poder al interior de las coordenadas del liberalismo y de sus instituciones. Es decir, es el liberalismo el que establece el marco general en el cual situar las respuestas antisistema y antiliberal de los discursos legitimantes de estos gobiernos, lo que por definición es un contrasentido, porque si el discurso es socialista y si con ese discurso se ganan las elecciones, lo menos que deberían hacer es construir una mínima institucionalidad política que de alguna manera se relacione con el proyecto socialista, algo que ningún gobierno que se dice socialista lo ha hecho hasta el momento.

Las Misiones de Venezuela, o el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador, o la Bolsa Familiar en Brasil, entre varios ejemplos, no implican institucionalidad socialista sino asistencialismo puro y duro al mejor estilo del Banco Mundial. Por ello, al situarse el debate político al interior del liberalismo se produce una ruptura, de las tantas que son inherentes al liberalismo, entre el discurso del socialismo y la praxis del gobierno.

En otras palabras, son gobiernos que se dicen socialistas pero las decisiones que han tomado nada tienen que ver con un proyecto de izquierda o socialista. A nadie se le puede ocurrir calificar como un gobierno socialista a Lula, sin embargo se piensa como si el gobierno de Lula, o el de Chávez, o el de Correa, o el de Lugo, o el de Vásquez, de alguna manera sean de izquierda.

Se trata de una especie de razón esquizoide que no quiere verse en el espejo y que resiste el principio de realidad de comprenderse a sí misma sin necesidad de recurrir a su propio discurso legitimante. De ahí que el discurso de izquierda sea fundamental para construir la legitimidad electoral de estos gobiernos pero que sea inconveniente a la hora de tomar decisiones. En Brasil, o en Venezuela, o en Ecuador, o en Nicaragua, esta apelación a la izquierda se ha revelado como un excelente dispositivo ideológico para desarmar las resistencias y las luchas sociales. En el caso de que los movimientos sociales critiquen a los gobiernos que se dicen de izquierda, automáticamente esta crítica es puesta fuera del debate y acusada de hacerle el juego a la derecha. El espacio de la crítica social se ha cerrado y todo gracias a la taumaturgia de la utilización de un discurso político que tenía pretensiones emancipatorias y que ahora solamente es parte de un dispositivo del poder.

Secondo: el sistema político liberal y el simulacro del poder

Al inscribirse en la matriz del liberalismo, los conflictos sociales, vale decir la lucha de clases, se convierten en conflictos que pueden procesarse desde el sistema político liberal. Se trata de la institucionalización de toda la conflictividad social al interior de la lógica del poder. De ahí que las organizaciones sociales ahora tengan que, necesariamente, pasar por las aduanas del sistema político para validar desde sus reclamos más puntuales hasta su proyecto histórico. Si se quiere cambiar al sistema habrá que primero pedirle su permiso y consentimiento. Llevar toda la energía social e histórica al sistema político liberal equivale a fagocitarla en la episteme y en la praxis del poder. De lo que se trataría ahora, para una organización social que tiene un proyecto histórico, no es cambiar al mundo sino ganar una elección. Y las elecciones se ganan con votos no con organización, menos aún con un proyecto político que se pretende alternativo al sistema.

Para conquistar votos es necesario suscribir toda una parafernalia tecnológica de manipulación social en la cual los partidos políticos se convierten en maquinarias electorales que se activan en elecciones y que se desactivan al instante de ganar o perder una elección. Curiosa paradoja de los movimientos sociales y organizaciones políticas antisistema y que se decían de izquierda y que ahora suscriben, apoyan y forman parte de los gobiernos de izquierda, la de actuar en función de la sístole y diástole del sistema político liberal. Una paradoja que a la larga termina domesticando a esos partidos antisistema y de izquierda y haciéndoles creer que el mundo puede ser cambiado desde las elecciones y que un poco de gasto social en salud y en educación bien valen una revolución ciudadana.

Tertio: el reality como real politik

La domesticación a las organizaciones sociales de izquierda y a los movimientos políticos de izquierda, pasa por un tamiz que criba la ideología y que deja aparte todos los elementos que puedan permitir una deconstrucción crítica del sistema. Esta criba ideológica corresponde a un momento de control disciplinario no solo a los cuerpos dóciles del sistema sino también a sus subjetividades.

El capitalismo, y eso lo sabemos desde Marx y su crítica a la reificación pasando por la Escuela de Frankfurt, el concepto de hegemonía de Gramsci y aquel del biopoder de Foucault, ha logrado desarrollar una tecnología de control social a las subjetividades individuales que se convierte en la mejor garantía de su poder y dominación. Quizá el culmen de esta tecnología está en la neuroeconomía y en los complejos modelos matemáticos que tratan de describir el comportamiento cerebral ante la información emitida por los mercados, pero esa es otra discusión. Todos los días el sistema secreta ideología y la convierte en la ideología dominante (era Marx quien decía, precisamente, que la ideología dominante de una época era la ideología de la clase dominante).

Uno de los elementos claves está en la conversión de lo real como espectáculo, un proceso que fue ya analizado y denunciado por Guy Debord y por toda la crítica al capitalismo como sociedad del espectáculo que hicieron los letristas y los situacionistas. Lo real se convierte en el simulacro de sí mismo por la intermediación del espectáculo, tal como lo analiza el filósofo francés Jean Baudrillard. En ese espectáculo, la política adquiere la consistencia del reality show. Pero la mirada que observa ese reality, es una mirada trabajada desde el poder. Es una mirada que mira pero que no ve. No puede ni entrever ni comprender el denso entramado de relaciones de poder que conducen, estructuran, definen y controlan aquello que mira. Solamente ve lo real como una multiplicidad compleja de varios elementos que apenas entrevistos se le escapan.

En ese mundo no hay espacio para la racionalidad, para la especulación teórica, para el razonamiento crítico, para el debate de posiciones. No hay el más mínimo resquicio para la comprensión. En ese mundo de imágenes que se repiten a velocidades increíbles la única relación con el mundo, con esa realidad, es a través de lo que se siente no de lo que se comprende. El mundo está hecho para ser sentido no para ser comprendido. La realidad que el capitalismo genera es una realidad fractal en el sentido en el que los elementos que la constituyen se fragmentan ad infinitum e impiden una comprensión de la totalidad. Solo queda ese resto de la realidad que el poder lo presenta como espectáculo y que a su vez se representa como show, como reality, como aquello que aparentemente se entiende pero que en realidad se suscribe sin comprender. La política convertida en show, en reality, en espectáculo, es la garantía del poder.

Ahora bien, estas reflexiones han sido realizadas desde varias dimensiones y corresponden a un pensamiento crítico de larga data en la izquierda; sin embargo, ahora constituyen el ser político de los partidos que se dicen de izquierda y que forman parte de algunos gobiernos de la región. Es una izquierda que arrió las banderas de la crítica en beneficio de la real politik, que no tiene escrúpulo alguno en convertir a la política, en especial a su política de izquierda y de transformación, en parte del show, del reality, del espectáculo. Una izquierda que conoce bastante bien lo que significa la reificación, pero que ahora apuesta a ella para sostenerse en el poder.

Por ello, al aceptar el hecho de que la política se define desde el liberalismo y que es necesario entrar a la disputa política desde la arena electoral, se acepta la conversión de la política como espectáculo y, lo que es más paradójico, se hace todo lo posible para formar parte de ese espectáculo porque las elecciones se ganan con votos, y los votantes se identifican con una opción política no por su proyecto sino por su adscripción afectiva. La política electoral juega a las imágenes no a los contenidos. La realidad es una imagen del mundo del espectáculo, y éste es la tramoya creada desde el poder. La política se convierte en imagen pura, en iconografía, en sentimiento, en afectividad. No hay espacio para la reflexión, para el pensamiento, para la crítica, para el debate, vale decir, para la política.

La izquierda, por consiguiente, tiene que capturar esos votos y tiene que jugar las reglas de juego del sistema, manipulando, mintiendo, falsificando y contribuyendo a reforzar esos mecanismos de control social sobre las subjetividades. En otras palabras, al momento de entrar en el escenario electoral, la izquierda no tiene otra opción que utilizar los mismos mecanismos de biopoder que manejan y controlan las subjetividades sociales, y que han sido desarrollados y desplegados desde el poder. La izquierda, quizá a su pesar, se convierte en cómplice del poder.

Ahora bien, es cierto que lo electoral está inscrito en esas coordenadas del liberalismo y, en definitiva, qué se le va hacer si el fin justifica los medios y de lo que se trata es de ganar una elección, pero la izquierda que ha ganado esas elecciones en América Latina y que ejerce el poder y que se legitima desde un discurso que de alguna manera se relaciona con el socialismo, ha convertido a este mecanismo en un fin en sí mismo. Ha hecho del espectáculo su razón de ser y prolonga al infinito los recursos mediáticos de la ideología para conservar el poder. La izquierda que está en los gobiernos de la región se ha convertido en una parodia de sí misma. No se diferencia en nada de sus homólogos de la derecha, porque una vez en el poder utiliza estos mecanismos de control social para garantizar su permanencia en el poder, para comprar adhesiones electorales y popularidad.

Ha convertido un mecanismo que pudo haber tenido su legitimidad al momento de disputar el poder en un leit motiv de su propio poder. Es una izquierda que tiene que destruir a las organizaciones sociales a través de la cooptación a las dinámicas del Estado, que tiene que controlar los discursos sociales para evitar las disidencias y disensos, que tiene que subyugar la energía política social utilizando los mecanismos electorales no como una opción de disputa de poder sino como un ejercicio permanente y cotidiano de ejercicio del poder. Se ha revelado la mejor alumna de manipulación de masas que harían palidecer de envidia a los expertos del Instituto Tavistock, a no ser que estos mismos tecnócratas formen parte de estos gobiernos de izquierda.

En otras palabras, la izquierda, o más bien aquellas formaciones políticas que para legitimarse se reclaman como parte de la izquierda, juegan a la ideología y consolidan el control biopolítico del poder, porque son una apuesta del poder, porque representan al poder. No han roto con esos mecanismos disciplinarios a las subjetividades y que relevan de la biopolítica y que se expresan en el espectáculo, sino que los consolidan y los llevan a un nivel de mayor extensión y complejidad. Ahora utilizan la parafernalia electoral que controla y vende una imagen de política en el entramado del espectáculo, como una condición de posibilidad de su propio poder. No es una izquierda deliberativa, emancipadora, crítica y abierta, sino una opción de poder que ha llevado los contenidos del control biopolítico como táctica recurrente de su propio poder. Esa izquierda se ha convertido a sí misma, y al proyecto histórico del socialismo, en un espectáculo. El socialismo de ahora es parte de la tramoya del poder en la que el simulacro de su discurso lo presenta como un decorado más del show de la política. Es un socialismo políticamente correcto y domesticado en las dimensiones del espectáculo.

Tetra: La democracia como dispositivo del poder

Los supuestos anteriores tienen un rol de premisas: el objetivo de las izquierdas en el poder es disciplinar las luchas, resistencias y propuestas alternativas al interior de la democracia liberal. No hay otro espacio posible a nivel histórico que aquel de la democracia liberal: el horizonte de posibles sociales se ha cerrado, Fukuyama tenía razón: la historia tiene su fin en la democracia liberal y la izquierda que está en el poder en varios países latinoamericanos lo demuestra. Ahora bien, esto no significa en absoluto que se desprecie a la democracia, sino que es necesario comprender que alrededor de esta categoría política de la democracia se ha creado un verdadero fetiche que tiene como objetivo impedir un debate que abra la democracia hacia nuevas posibilidades libertarias, críticas y emancipatorias.

La democracia existente está constreñida a las fronteras establecidas desde el liberalismo, y el liberalismo, dígase lo que se diga, siempre será un discurso de poder. En ese sentido, pienso que la democracia se convierte en una especie de dispositivo en los términos dados por Foucault[1]. Si nos atenemos a lo descrito por Michel Foucault (y ponemos provisionalmente entre paréntesis aquello desarrollado por Agamben y otros teóricos sobre el dispositivo, que implica al momento un profundo y denso debate), podemos pensar que la democracia cumple las funciones establecidas como dispositivo desde el poder, en primer lugar porque:

1) permite la construcción de discursos, instituciones y prácticas legitimantes del poder, que se constituyen en una red de sentido y significación que encuentran su racionalidad y su legalidad justamente en la democracia liberal;

2) porque es el vínculo que une prácticas de dominación, control, y vigilancia. La democracia liberal es el mecanismo sobre el cual pueden engranarse discursos, instituciones, prácticas, que pueden mutar y transformarse continuamente adoptando, como un Proteo incesante, los rostros del espejo de la realidad, a fin de enmascarar los recursos de poder; y,

3) permite la administración y control estratégico tanto de los disensos cuanto de los consensos.

La democracia liberal es, en consecuencia, uno de los dispositivos más eficaces del poder. La democracia liberal disciplina el comportamiento político de todos los sectores sociales bajo los formatos establecidos por la burguesía. Crea la ilusión de la disputa por el poder y de la alternabilidad y, en consecuencia, neutraliza cualquier opción alternativa. Domestica a las organizaciones sociales más recalcitrantes y a los intelectuales más críticos, y los hace aparecer como reaccionarios y antidemocráticos enajenándoles cualquier espacio político. Por ello, es conveniente asumir que la posición de la burguesía con respecto a la democracia sea sumamente estratégica y releva de esa pragmática del poder.

La burguesía no va a apostar los recursos ni las prerrogativas de su poder en la ruleta de la democracia liberal, todo lo contrario, los va a sujetar de tal manera que siempre consoliden su poder. La democracia liberal tiene los dados cargados. De ahí que la política cuando se sitúa en el contexto de la democracia liberal como un dispositivo, adquiere también la consistencia estratégica de ésta. La política, en definitiva, administra el poder pero desde un solo lado de la balanza. Por ello pienso que si los gobiernos de izquierda en la región hubiesen significado un mínimo peligro para el poder de la burguesía, quizá habríamos hablado de algo que pudo haber sido y no fue, como en el caso de Salvador Allende y el gobierno de la Unidad Popular en Chile. Para la Unidad Popular chilena se trataba de abrir otra vía al socialismo, es decir, de abrir el espacio de posibles históricos. La burguesía no perdonaría jamás esta aventura que ponía en riesgo su poder. La experiencia de la Unidad Popular chilena demuestra en toda su extensión el carácter de dispositivo de poder que tiene la democracia liberal.

Ahora bien, lo que se ha expresado en realidad recoge y redunda en los términos de algo que hace algunas décadas lo dijo también Agustín Cueva a propósito de lo que él calificaba como las democracias restringidas de América Latina[2]. En ese debate de Cueva con Weffort, Laclau, Lechner, Aricó, entre otros, subyace la intención de criticar y cuestionar esa reificación a la democracia y que Cueva denuncia porque la democracia no es un cascarón vacío sino que replica los contenidos del poder. Se trata de un debate que ahora tiene plena vigencia y actualidad porque es necesario comprender los horizontes históricos que están delineando gobiernos de izquierda que, paradójicamente, se parecen mucho a los diseños del poder. Quisiera, en consecuencia, añadir a la desconfianza de Cueva con estos discursos legitimadores del poder, y desmovilizadores de las resistencias y que constan en la reificación del discurso de la democracia y su constitución en un dispositivo de poder, el hecho de que la democracia liberal, en realidad, se constituye en una experiencia disciplinaria de la política, de la praxis liberadora y de las subjetividades críticas y cuestionadoras al sistema.

Penta: “las blandas fibras del cerebro” o la biopolítica

La democracia liberal es un dispositivo del poder para disciplinar, ordenar y controlar. La democracia liberal es indisociable de la manipulación de los individuos que se convierten en electores de la misma manera que en el mercado se convierten en consumidores. La libertad de elección del consumidor y del votante es una falacia del poder, y eso lo saben bastante bien los expertos en publicidad, mercadeo y control de la subjetividad. Ellos saben que las subjetividades del consumidor o del votante son arcilla dócil en la cual se pueden inscribir las signaturas del poder sin las menores resistencias, críticas ni cuestionamientos[3].

Ellos saben que vender un candidato en momentos electorales es un asunto de marcas, y en el mundo de las marcas la publicidad impone sus condiciones, y la publicidad es otro de los nombres del control de las subjetividades, de esas fibras blandas del cerebro de las que hablaba Servan, vale decir, de la biopolítica.

Pasar el umbral de la democracia como frontera de disputa política con la burguesía, como fue la experiencia de la Unidad Popular en Chile, y en la que aún era posible cambiar al mundo, hacia la democracia disciplinaria[4], como mecanismo de control, sumisión y prerrogativa del poder, indica uno de los fenómenos políticos más importantes en la transición del neoliberalismo al pos-neoliberalismo. No hay que olvidar que toda la estrategia del ajuste macrofiscal del FMI y la privatización del Estado llevada adelante por el Banco Mundial, se sustentaron en sistemas políticos democráticos y representativos.

La democracia del ajuste y de la reforma estructural tenía un tempo que se sostenía en función del control de la lucha de clases. El discurso de la gobernabilidad de la Comisión Trilateral trataba de extender ese tempo dando vida artificial a los gobiernos que habían suscrito la terapia de shock del FMI y que se agotaban a semanas de haber ganado las elecciones, de ahí la necesidad de otorgar gobernabilidad al sistema político de tal manera que pueda resistir la presión social al ajuste del FMI. De ahí la preferencia por sistemas presidencialistas.

Luego de dos décadas de ajuste macrofiscal y de privatización del Estado, el sistema político que garantizó el cumplimiento de las tareas del Consenso de Washington finalmente se derrumbó como un castillo de naipes. La estrategia de la gobernabilidad no alcanzó para proteger a ese sistema político. Pero el sistema político que le ha tomado la posta y que se está consolidando en la región se ha revelado más funcional y eficiente con la acumulación del capital y la disciplinarización de la lucha de clases. Ese sistema político convierte a la democracia en un dispositivo de poder y asume los contenidos del control disciplinario. Luego de dos décadas de intervención sobre el Estado y la sociedad realizados por el Banco Mundial y por las ONG’s de la cooperación al desarrollo, el sistema político que emerge luego del fracaso de la gobernabilidad es más disciplinario y represivo.

La democracia disciplinaria

La democracia disciplinaria es el final del camino de la democracia de la gobernabilidad y de la privatización del Estado. Es una democracia que utiliza la representación y los sistemas electorales como dispositivos del poder. Una democracia que cierra los espacios deliberativos, consensuales y críticos. Que absorbe la energía social y la lleva al agujero negro de su propio poder. Que se sustenta en una ciudadanía dócil, sumisa, disciplinada, temerosa y frágil. Que fragmenta las solidaridades sociales y las estructuras organizativas para convertirlas en un momento de su propia dinámica. Que convierte a la práctica de gobierno en razón de Estado y al partido de gobierno en partido de Estado. La democracia disciplinaria es una democracia panóptica en el sentido de que necesita vigilar, ordenar, sujetar y controlar.

Aquello que vincula el poder disciplinario con la democracia como dispositivo del poder es la biopolítica entendida como la condición de posibilidad que el poder ha generado para intervenir de manera permanente sobre las subjetividades individuales y sociales. La democracia disciplinaria une el poder disciplinario que se ejerce sobre el control de las subjetividades y en la cual las personas se convierten en consumidores o votantes cuyas percepciones sobre la realidad son trabajadas por expertos en mercadeo y publicidad, con la noción de la democracia como dispositivo del poder que permite la legitimidad de los discursos, las instituciones y las prácticas represivas del poder. La democracia disciplinaria acude, casi por definición, a mecanismos panópticos de control y vigilancia, de ahí la consolidación y la extensión de las formas de criminalización, persecución y violencia social generadas desde el Estado y el partido de gobierno.

La democracia disciplinaria lleva la energía política al ámbito del espectáculo, y diseña una trama de control específico y exhaustivo a nivel territorial y de población. En la democracia disciplinaria, los tecnócratas de la biopolítica (como los publicistas, o los consultores políticos electorales), levantan información al nivel más preciso para conocer todos los aspectos relacionados con una población determinada a fin de influir sobre sus comportamientos. Para ello acuden a los mismos mecanismos (y a veces a las mismas organizaciones y empresas), de las corporaciones privadas que tienen un control panóptico sobre poblaciones enteras a nombre de los estudios de mercado y de la demanda de consumidor. La democracia disciplinaria convierte al votante en consumidor político en un contexto de monopolios políticos. La democracia disciplinaria crea ilusiones y simulacros, al tiempo que cierra el espacio de posibles históricos a las alternativas.

Quizá por ello, Chávez, Correa, Uribe, Lula, Kirchner, Calderón, inter alia, se hayan convertido en Marcas de publicidad y no en procesos históricos y sociales. Nombres con los que es relativamente fácil ganar una elección porque se han convertido en estrategias de control, monitoreo y mercadeo electoral. Mas, no son solamente nombres, en realidad son marcas del poder. Marcas hechas a la medida exacta del poder en tiempos pos-neoliberales. Marcas que permiten la reconstitución de la dominación y la entrada de toda América Latina hacia el pos-neoliberalismo. Marcas en las que incluso las retóricas se repiten (la “Pasión por México” de Calderón, se convierte en la “Pasión por la Patria ” de Correa). Detrás de estas marcas están pueblos arrasados por las nuevas lógicas del capital que presiona ahora por petróleo, biocombustibles, transgénicos, agua, biodiversidad, servicios ambientales, ejes multimodales. Detrás de esas marcas están líderes sociales criminalizados y perseguidos por “terroristas”, están pueblos empobrecidos, solidaridades devastadas, regiones enteras contaminadas, pueblos ancestrales extinguidos. Estas marcas publicitarias encubren una nueva dinámica de disciplinarización social y de control de subjetividades que relevan de la biopolítica.

La democracia disciplinaria hace que los gobiernos, sean de izquierda o de derecha, abran un espacio de elecciones permanentes y ponen al Estado en función de esos intereses electorales. Para los Presidentes-espectáculo de la democracia disciplinaria no es ningún problema ganar una elección o una re-elección, ni tampoco tienen problemas de credibilidad y aceptación, porque siempre están en elecciones, porque todos los días están comprando adhesiones y popularidad, porque todos sus actos están previamente medidos en el baremo de los votantes. Porque han puesto al Estado, a las instituciones públicas y a las políticas públicas en función de su propio nombre, de su propia marca.

La democracia disciplinaria realiza algo que fue una utopía en la década de los noventa y que el Banco Mundial no pudo conseguir: la gobernabilidad absoluta del sistema político. La democracia disciplinaria es la continuación de las preocupaciones por la gobernabilidad del sistema político de los años ochenta y noventa, y que tuvo en el Banco Mundial y en la USAID sus principales agencias. Es la consolidación de la gobernabilidad en un proceso que cierra el sistema político a toda oposición tanto de izquierda cuanto de derecha. La democracia disciplinaria y la gobernabilidad comparten la misma estrategia de provocar el temor social y utilizar estratégicamente el miedo como factor político que permite administrar los consensos y los disensos. La democracia disciplinaria es el final del camino de la gobernabilidad, en el sentido en el que la entendía tanto la Comisión Trilateral , cuanto la ideología del orden de Carl Schmitt.

La democracia disciplinaria es fundamental a la hora de privatizar los territorios y privatizar la soberanía del Estado. Los acuerdos de libre comercio que ceden la soberanía del Estado-nación, la gobernanza de los recursos naturales que abren el camino para su privatización, las estrategias de descentralización y autonomías que debilitan al Estado-nación y lo convierten en un cascarón vacío de soberanía contractual pero al mismo tiempo fortalecen el monopolio de la violencia legítima en contra de las poblaciones que resisten la privatización territorial, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM’s) del Banco Mundial y los procesos de participación ciudadana y “democracia directa”, todos estos fenómenos necesitan ser procesados políticamente por ciudadanías dóciles, obedientes y temerosas, y para ello se revela fundamental el poder disciplinario que genera la biopolítica, y la capacidad desmovilizadora que implica la democracia desprovista de todo contenido emancipatorio y liberador.

Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Uribe en Colombia, Lula en Brasil, Vásquez en Uruguay, Bachelet en Chile, entre otros, de una u otra manera, son Presidentes-espectáculo. Son el producto y el resultado de una dinámica de la acumulación del capital y de la lucha de clases, en las que las nuevas formas de control y disciplinamiento social pasan por las aduanas de una democracia hecha para que todo se mueva y nada cambie.

*Pablo Dávalos. Economista ecuatoriano, catedrático de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y miembro del Foro Social Mundial Alternativas – Capitulo Ecuador.


[1] “Aquello que he ensayado de ubicar bajo este nombre (el dispositivo, P.D.) es, en primer lugar, un conjunto resueltamente heterogéneo que implica discursos, instituciones, arreglos arquitectónicos, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas, en definitiva, tanto de lo que se dice cuanto de lo que se calla … El dispositivo es la red en la cual pueden establecerse todos estos elementos.” “En segundo lugar, aquello que quisiera identificar en el dispositivo es justamente la naturaleza del vínculo que puede existir entre todos estos elementos heterogéneos. De esta manera, tal discurso puede aparecer tanto como un programa de una institución, cuanto un elemento que permite justificar y ocultar una práctica … o funcionar como una segunda reinterpretación de esta práctica, darle acceso a un campo nuevo de racionalidad. Breve, entre estos elementos, discursivos o no, hay como un juego de cambios de posición, de modificación de funciones que pueden, ellos también, ser muy diferentes”. “En tercer lugar, por dispositivo, entiendo una suerte –puede decirse- de formación que en un momento histórico determinado ha tenido por función mayor de responder a una urgencia. El dispositivo, entonces, tiene una función estratégica dominante”.

Foucault, Michel, Dits et Ecrits (traducción propia).

“Ce que j’essaie de repérer sous ce nom (el dispositivo), c’est, premièrement, un ensemble résolument hétérogène, comportant des discours, des institutions, des aménagements architecturaux, des décisions réglamentaires, des lois, des mesures administratives, des énoncés scientifiques, des propositions philosophiques, morales, philantropiques, bref: du dit, aussi bien que du no-dit … Le dispositif lui-même, c’est le réseau qu’on peut établir entre ces éléments.”

“Deuxièment, ce que je voudrais repérer dans le dispositive, c’est justement la nature du lien qui peut exister entre ces elements hétérogènes. Ainsi, tel discours peut apparaître tantôt comme programme d’une institution, tantôt au contraire comme un élément qui permet de justifier et de masquer une pratique … ou fonctionner comme réinterpretation seconde de cette pratique, lui donner accés à un champ nouveau de rationalité. Bref, entre ces éléments, discursifs ou non, il y a comme un jeu des changements de position, des modifications de fonctions, qui peuvent, eux aussi, être très diférents.”

“Troisièment, par dispositif, j’entends une sorte –disons- de formation qui, à un momento historique donné, a eu pour fonction majeure de répondre à une urgence. Le dispositif a donc une fonction stratégique dominante.” Foucault, Michel, Dits et Écrits, Vol III, pp 299.

[2] Escribe Agustín Cueva a propósito de la democracia liberal: “Dudo, por ejemplo, que el poder se construya a través del voto, no solo por razones abstractas que hoy no me propongo exponer, sino por la buena razón empírica de jamás he visto ni he oído hablar de ningún lugar del planeta en donde asuntos tan decisivos como los que a continuación voy a señalar hayan sido sometidos a votación: a) la cuestión del sistema de propiedad; b) la estructura del aparato militar; c) la constitución de las relaciones que la CEPAL denomina “centro-periferia” (para no hablar directamente de imperialismo).” Cueva, Agustín: Las democracias restringidas de América latina. Elementos para una reflexión crítica. Planeta, Letraviva, 1988, Ecuador, pp. 19. cursivas en el original.

[3] “Sobre las blandas fibras del cerebro se asienta la base inquebrantable de los más firmes imperios”, decía Antoine Servan, en una cita de Foucault: “El poder psiquiátrico”, FCE, México, 2007, pp. 16

[4] Democracia disciplinaria porque utiliza un poder disciplinario, sobre esto último: “… el poder disciplinario es un poder discreto, repartido; es un poder que funciona en red y cuya visibilidad solo radica en la docilidad y la sumisión de aquellos sobre quienes se ejerce en silencio.” Foucault, Michel: El poder psiquiátrico, ob. cit., pp. 39


Convenios sobre alimentos: Ecuador y Venezuela coordinarán proyectos conjuntos de soberanía alimentaria

noviembre 10, 2008

Publicado el 10/Noviembre/2008 | 00:07

Ecuador y Venezuela coordinarán proyectos conjuntos de soberanía alimentaria

La nueva Constitución Política del Ecuador consagra a la “soberanía alimentaria” como uno de los puntales del régimen de desarrollo. Este concepto, que se enfoca en la toma de políticas agrarias propias para garantizar la alimentación de los ciudadanos de un Estado, tiene 12 años de vigencia, pero la agudización de la crisis mundial de alimentos lo ha colocado en las agendas de la mayoría de países.

Inclusive, dentro de los planes de integración regional en América del Sur, el aspecto de la soberanía y seguridad alimentaria es parte de las discusiones. Es así que el 28 de octubre pasado, los ministerios de Alimentación de Venezuela y Agricultura de Ecuador suscribieron un “memorándum de entendimiento” para la implementación de proyectos en materia de seguridad y “soberanía alimentaria”.

Actualmente, la Secretaría de Estado nacional ha iniciado la conformación de las comisiones para la puesta en marcha de las actividades que contempla el acuerdo. Entre ellas están la preparación de información de canastas básicas, la elaboración de matrices de las potencialidades agroecológicas de los dos países y la determinación de metodologías conjuntas.

Para Roque Espinosa, coordinador regional del Programa Andino de Derechos Humanos y experto en la materia agrícola, es “positivo que los países apuesten de manera conjunta por la soberanía alimentaria, siempre y cuando las agendas de cada estado no se homogenicen, ya que cada país vive y tiene una realidad diferente”.

La experiencia venezolana

Una de las constantes en el discurso del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, es la garantización de la soberanía alimentaria en su país. Para ello ha mantenido un programa de dotación de insumos, canales de riego y conformación de cadenas de producción. Según datos publicados por el Ministerio del Poder Popular para la Comunicación, durante el primer semestre de 2008, Venezuela produjo 250 mil toneladas de carne y más de 900 millones de litros de leche, lo cual representa un crecimiento del 10% en comparación con 2007. El territorio venezolano además registra una cifra récord en producción de maíz en comparación con los últimos 20 años, al ubicar su inventario en 2,7 millones de toneladas.

Pero existen cuestionamientos a las decisiones agrícolas venezolanas, como la denominada Ley de Tierras, que según ciertos sectores estaría incentivando las invasiones, por parte de grupos que no siempre pertenecen al campesinado. (DP)

Fuente: http://www.hoy.com.ec/noticias-ecuador/convenios-sobre-alimentos-317494.html