Luis Alberto Mendieta: La Revolución Ciudadana desde adentro: Una crónica necesaria. II

febrero 20, 2009

I. Los Forajidos

A ver: En realidad todo empezó (para mí) en cuanto el gobierno del Presidente Correa tomó posesión del Gobierno Nacional. Mis esperanzas, debo reconocerlo, fueron muchas y encontré en él al individuo que tanto pedía la gente: un hombre resuelto, noble y talentoso, al que no le tiemble el pulso a la hora de tomar decisiones, por duras que sean, dentro del contexto de la Revolución Ciudadana.

quitomanifestacion050420Esta revolución, a mi parecer es algo más que un eslogan de campaña, porque venía yo de un proceso político urbano, conocido como las Asambleas Territoriales de Quito, célebres en el bajo mundo de coroneles “mejores amigos” de presidentes extranjeros y la prensa vendida de siempre. Los llamaban, como sabemos, Forajidos. Gente que los canales de televisión se obstinaron en mantener bajo tierra para evitar cambiar el statu quo, que finalmente cambió, para su despecho. Es allí donde empezó a gestarse la verdadera Revolución Ciudadana, de manera caótica e inmadura sin duda, ¡pero había que ver el fervor de esa gente!

Llenaban salones enteros toda clase de intelectuales, profesionales diversos, políticos de barrio, vecinas curiosas, gente de derecha… había de todo sin duda. Unos en sincera búsqueda de un cambio, y la mayoría por ver si se podía pescar algo a río revuelto.

¡Y vaya usté a ver esos discursos! Inflamados de patriotismo, de esperanzas de cambio. Incluso podía percibirse en el ambiente cierto consenso en la voluntad de cambiar la patria a como dé lugar, lo cual estremecía a algunos, que esperaban y esperan la revolución tomándose un cafecito, una lucha social que no les cree la más mínima incomodidad.

Poco a poco empezaron a juntarse viejos revolucionarios de 20 o más años de lucha, intuyendo que esta era la ocasión que tan largamente habían esperado… Por mi parte, acababa de estrenarme como revolucionario, así que ignoraba los famosos tejes y manejes políticos de siempre, tan repugnantes en casos como el de Mahauad (¿así se escribe?), Abdalá Bucaram y Fabián Alarcón, este último la bazofia más impoluta de este trío de… ex-presidentes.

Creo que el asco de todos los acontecimientos políticos pasados fue lo que me impulsó a perseverar en esa causa, sintiendo que si quería ver cambios reales en este país, tendría que hacerlos con mis propias manos. Las manifestaciones y la lucha en las calles fueron algo de otro mundo, inolvidable. Algo muy parecido a una verdadera revolución social. Me acordé de mis viejos días de revoltoso, por el alza de pasajes en el colegio.

Era evidente la carencia de soporte intelectual, aunque precisamente por eso se realizaban reuniones con frecuencia, para construir la plataforma ideológica que viabilice la revolución asamblearia, pero entre tanto discurso emocionado y sus respectivas réplicas y contrarréplicas el tiempo pasaba y no se aterrizaba en concreciones, aunque en general los aportes eran valiosos y aprendí muchísimo, especialmente de la naturaleza humana, con su impresionante nobleza, y su escatológica miseria. Allí conocí que también existe la envidia política, como una maligna variante de la envidia vulgar, de tal modo que llegué a pensar que de verdad existe el diablo, porque se las ingenia para meter sus pecados capitales en los sitios más inesperados. Era como verlo brincar de alma en alma, al calor de los discursos, atizando entre carcajadas burlonas los sentimientos de las gentes. Todo un infierno de Dante.

Por otro lado estaba la continua lucha contra las “ratas del congreso”, que a ratos nos emocionaba por la enorme simpatía que levantaba en el pueblo quiteño y en todo el país. Los plantones, las marchas, los intentos de meterse a la brava al Salón del Pleno para sacar a patadas a los “honorables”, hacían realmente entretenida la lucha en las calles. Pero no sólo de diversión vive el revolucionario.

Finalmente, el fervor cívico fue extinguiéndose, como suele ocurrir con las multitudes (ya lo anotaba Macchiavello en su Discurso sobre Tito Livio), y ante la falta de medios para mantener un impulso sostenido, además de la insistencia en alejarse de mecanismos tradicionales de acción de organigrama vertical (allí nadie mandaba oficialmente, pues se deploraba el sistema socio-económico en general y todo se hacía por consenso, es decir de manera horizontal, lo que implicaba graves problemas al momento de tomar decisiones profundas), el ritmo fue decayendo. Nadie quiso oír siquiera de lanzarse en pos del desarrollo de proyectos económicos, que dieran sustentabilidad al proyecto político y de manera especial dieran de comer (mi mujer ya no quiere dejarme entrar si no llego con el pan y la leche, dijo alguna vez algún compañero, en tono de broma pero con franca intencionalidad) a quienes quisieran mantenerse de manera constante en él, de modo que ante la falta de viabilidad, el entusiasmo fue menguando hasta que por último sólo un puñado de convencidos tuvo que reconocer que ese no fue el camino correcto y hasta allí la historia, a día de hoy. Y aunque se argumente lo contrario, la verdad es esa, porque los resultados están a la vista.

El caso es que cierto pesimismo inicial que había mantenido, previo a las elecciones presidenciales, se convirtió de este modo, no puedo negarlo, en franco entusiasmo, porque en definitiva cuenta, se había alcanzado el poder (decía yo) y fue así como decidí integrarme al Movimiento País, porque sentí que esta vez sí podía cambiar, como pensé al enrolarme en las Asambleas, con mis propias manos todo lo que estaba fallando. Sentía que la lucha de las asambleas urbanas era ni más ni menos que el preámbulo de la Revolución Ciudadana: que todo el tiempo empleado en reuniones, talleres, conversatorios, intentonas de meternos al Congreso y tal, fue bien empleado. Concluí que la Revolución Ciudadana se empezó a gestar con aquello que llaman pomposamente “la revolución de los forajidos”, que en realidad, hay que decirlo, fue una revuelta, una conmoción social, pero no una revolución. La verdadera revolución, me relamía pensando, acaba de empezar. Y aún lo creo. Pero al parecer los actores no serán los que imaginé en aquél tiempo.

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Luis Alberto Mendieta: La Revolución Ciudadana desde adentro: Una crónica necesaria. I

febrero 18, 2009

Introducción.-

Hay veces en que el respeto a la índole personal es intolerable y hasta peligroso, en especial cuando los intereses de un pequeño grupo afectan a una gran mayoría. Ha ocurrido siempre, y de seguro continuará ocurriendo mientras nuestra especie habite sobre la faz del planeta, porque la primitiva condición humana exige la satisfacción de necesidades personales sin importar las del resto, y hay casos en los que la condición de algunas personas es mucho más “humana” que la de los demás.

Todo empezó la noche del 15 de octubre de 2008, fecha en que se publicó el “Reglamento para las Elecciones Primarias” del Movimiento País. Tome nota, estimado lector o lectora, porque ese día, en mi opinión, marca un hito político que permitirá comprender la profundidad y jerarquía de hechos que parecieran tener nada más una importancia pasajera.

Pero para llegar hasta ese punto es necesario mirar en retrospectiva todo los hechos, en la secuencia en que ocurrieron, tal como los viví.

No se trata de impresionar a nadie. Simplemente quiero publicar una crónica, necesaria sin duda, de alguien que vivió el proceso hasta finalizar las Elecciones Primarias. ¿Por qué afirmo que miro la Revolución desde adentro? Porque en realidad la viví desde adentro. No quiero decir que haya estado en Carondelet como Pedro por su casa, enterándome de los pormenores del ejercicio del poder. Al contrario, lo que quiero mostrar es simplemente una breve bitácora de un revolucionario de a pie, que pretende cambiar a todo un país con nada más la fuerza de su convicción personal, además de mucho afán, tenacidad y persistencia, y que muchas veces se sintió tentado a claudicar. Esta memoria se cuenta mirando desde abajo de la tarima, desde atrás del escenario: el mejor lugar para conocer anónimamente los detalles gratos o escabrosos de cualquier espectáculo, porque a los espectadores siempre se les muestra el vestuario más vistoso, las modelos más despampanantes, evitando que el payaso ebrio se suba al proscenio, cubriendo pudorosamente la caída del corpiño de la actriz en ejercicio con oportunos desvanecimientos de luz…

¿Para qué esta crónica? ¿Odio destructivo? ¿Búsqueda irracional de venganza? ¿Furiosa impotencia? ¿Adolescencia política? Por supuesto que no.

De hecho, aún no he empezado y a muchos lectores no habrá sorprendido que cuente implícitamente el desenlace de la historia con los interrogantes previos, lo que no quita en lo absoluto interés al relato, por la razón de que es más fascinante conocer los entretelones, puesto que la mayoría sabe perfectamente que el proceso no sólo adoleció de humanos errores, sino que fue mucho más allá.

Simplemente quiero mostrar esta experiencia particular de mis primeros pasos en la política, que como se verá, afortunadamente no son muchos, si se la mira desde la lente pragmática de aquello que suelen llamar, apostrofando a Macchiavello1, maquiavelismo. Digo afortunadamente porque así me ha sido posible mirar sin prejuicios cada acontecimiento, en calidad de “compañerito de las bases”. Y la idea al publicar esta relación es mostrar a quien quiera saberlo, una panorámica general de lo que es la política actualmente en mi país, con la finalidad de NO volver a cometer los mismos errores, o al menos de desnudar algo que está innecesariamente semioculto.

Empezaré con el preámbulo de la Revolución de los Forajidos, porque en realidad es allí donde comienza esta historia.

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1 Él, como se sabe, simplemente mostró sin hipocresías las prácticas políticas de su tiempo.