Luis Alberto Mendieta: El Proyecto Singapur, 1ra. parte

mayo 9, 2009

Guayaquil_Malecon2000Mirando el caso de una ciudad tan exitosa como Singapur, cualquier persona, por sencilla que sea, entenderá entusiasmada que quien pretenda convertir a Guayaquil en algo similar, tiene mucho patriotismo y las mejores intenciones del mundo. De hecho, quienquiera que contradiga tal proyecto, ante la mirada de quienes acaricien la posibilidad de convertir a Guayaquil en una ciudad enormemente rica y próspera, será considerado, cuando menos, por loco, por regionalista o hasta por envidioso. Es perfectamente comprensible.

Visto así el asunto, más de un compatriota opinaría igual, pero es sólo analizando la idea y razonando sobre sus autores, que se puede entender mejor la propuesta y su  fanatismo subyacente.

Antecedentes.

Los llamados a sí mismos ‘patricios’ guayaquileños, han tenido siempre la secreta ambición de hacerse con una ciudad-estado que pudieran controlar a su antojo, bajo la consideración de que NUNCA sus intereses de clase podrán coincidir totalmente con los de un contexto más grande, como el país de turno.

Así, España tenía el inconveniente de cargar de impuestos a toda la región y era menester liberarse de la Metrópoli para dejar el oro de las cargas impositivas en las arcas personales de los señores feudales criollos. Ni hablar del control del gobierno, que reportaría enormes beneficios a los mencionados personajes. Fue así como Guayaquil se integró al proceso revolucionario. Suena usual, pues en toda América Hispana el razonamiento fue más o menos parecido, con pocas diferencias.

Luego vino la República. Allí tampoco se sintieron en sazón, porque el poder TOTAL que perseguían estaba supeditado a una ley que los rebasaba y dejaba en la categoría de segundones, pues la autoridad nacional estuvo y está sobre su autoridad de ‘aristócratas’ porteños, cuya máxima dignidad local es la de alcalde, de modo que empezaron a construir mecanismos que les permitieran tomar control omnímodo del país. Naturalmente, además de ellos, había otros grupos con ideas más o menos tan radicales como las suyas, de modo que no siempre pudieron salirse con la suya, así que el plan de hacerse con instituciones del Estado como el poder ejecutivo, que pudieran favorecer sus intereses a gusto y sabor, no siempre fue posible, aunque aquí cabe mencionar a la Junta de Beneficencia como uno de sus bastiones.

Esta institución de beneficencia favorece casi exclusivamente a Guayaquil, bajo un monopolio (la lotería), que además impide injustamente que otras ciudades promuevan juegos similares para beneficio de sus comunidades, en un caso flagrante de injusticia histórica y económica. Detrás, como siempre, subyace el fanatismo de un grupo de ‘patricios’, gente abrumadoramente cargada de prejuicios: hombres y mujeres que viven en un pasado feudalista enterrado hace más de doscientos años, para quienes la piel blanca, el apellido tradicional (o extranjero) y la fortuna sirven de señas particulares del ‘legítimo guayaquileño’, con excepción de  los libaneses, cuya piel olivácea debió encajarse en su grupo social con habilidad política, abundante dinero en efectivo y muchas alianzas de sangre.

Los demás son siervos de la glebaI_Bastión_antes_de_la_invasión_11, gente utilitaria y advenediza, tal como se conceptuaba en el siglo dieciséis en la península ibérica a los descendientes de árabes con española, o a todo aquél que no era distinguido por un título nobiliario o por patrimonio familiar.

Tema de la próxima entrega: Un poco de genealogía.

Guayaquil de mis amores, en la voz de un hombre del pueblo: Julio Jaramillo Laurido

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