[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 3ra. Parte

mayo 29, 2009

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La Pintá, 3ra. Parte

 


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[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 2a. Parte

mayo 21, 2009

Burlóse Noemí del negrero, aunque veladamente, al notar que luego de haberse holgado con su esclava toda la noche, no la reconociera a la mañana siguiente. Argumentaba el hombre que la noche era oscura y muy lánguida la luz del candelero, pero la verdad era que su torpe urgencia fue la causa de la distracción. Lo único de lo que pudo dar razón el hombre fue de su permanente aroma a canela. Al preguntarle la causa a Anaìs, afirmó que su tutora le había indicado masticar siempre trocitos de canela en rama cuando estuviera cerca de un hombre.

Quedó impresionado por la belleza física de la muchacha. Por la tersura de su piel y por su tono, semejante al de la canela; por la delicadeza de su semblante, por la vivacidad de sus ojos, que entendieron pronto de las debilidades masculinas y lo dejaban translucir con desfachatez. Pero sobre todo, su instinto se sofocó al fuego de sus imponentes caderas, que adquirían proporción armoniosa por su alta estatura y el volumen del pecho, que sin ser abundante, era grato a la vista. Noemí advirtió de inmediato que la posición en que había quedado era demasiado endeble, y para su coleto, se juró dar pronto remedio al asunto del modo que mejor ajustase a sus intereses. Sin embargo el negrero, a pesar del celo de su concubina y aunque estaba consciente de tal hecho, procuraba constantemente la compañía de Anaìs ante la paciente mirada de Noemí, que toleraba en silencio su desfachatez.

La primera decisión que Alcibíades tomó fue apartar a la esclava del comercio carnal, algo sin duda comprensible, dada la necesidad de prevenir que se contagie de algún mal, aunque otras eran las razones de fondo. Luego escribió a un español que vivía en Lima, mencionándole que por fin pudo encontrar la esclava que tanto tiempo había esperado y pidió una cifra enorme, anticipando que sólo al verla entendería la razón del precio y que además era virgen. Finalmente envió a Noemí a recoger de una isla cercana a Panamá, llamada Taboga, varios fardos con alfombras persas que su ‘amigo’ judío le había dejado como parte del pago por su deuda, antes de fallecer accidentalmente al caer del muelle, la misma noche en que Alcibíades había ajustado cuentas con él. Mientras tanto el negrero se dedicó a tiempo completo a su esclava, día y noche, por cuatro semanas. Al finalizar el mes y notar que no regresaba Noemí, sospechó que había sido traicionado. Se embarcó hacia San Pedro de Taboga en cuanto pudo pero al llegar, supo que ella había subido el cargamento en una nao con rumbo a Cartagena. Abrigó esperanzas de que su afán por complacerlo le hubiera inspirado a comerciar ella misma los géneros. Al arribar supo que allí vendió bien sus mercancías y luego perdió su rastro para siempre. Nunca la volvió a ver. Ese fue el primer tributo que debió pagar por disfrutar de Anaìs.

A bordo de la nao Sanctísima Concepción.

Dos semanas más tarde embarcó a su esclava junto con un grupo de senegaleses que consiguió pocos días antes, en la nao Sanctísima Concepción. Pero la llevó a un camarote (ésta era una de las pocas embarcaciones de ese tipo con alojamiento tan lujoso) del que no le permitía salir para nada. Allí pasaban ambos casi todo el tiempo. Algunas noches, cuando Alcibíades dormía, exhausto de amores, salía Anaìs a tomar el aire.

Viajaba a bordo desde hace años un muchacho en la Sanctísima Concepción.

Algunos conjeturaban diciendo que era un hijo natural del capitán, pero la verdad era que simplemente llegó un día, siendo casi un niño, pidiendo que le dejaran subir a bordo. El maestre aceptó, quizás por caridad cristiana o quién sabe por qué, embarcarlo como grumete. Era ciego y nadie recordaba su nombre. Sólo le llamaban Pinzón, por su ceguera y su afición al canto. Era mozo de buena complexión, de buen ver, atento y generoso, por lo que se le apreciaba a bordo. Sus ojos, de un azul intenso, mostraban sin embargo la terrible oscuridad que en ellos habitaba.

Pocos días después de iniciado el viaje a Lima ocurrió algo insólito.

Estando ante vientos favorables del noroeste, una tarde, luego de almorzar, ocurrió que una verga se soltó violentamente y tras un giro provocado por la enérgica brisa, pegó el madero de lleno en la cabeza al pobre Pinzón, que cayó sin sentido. El golpe fue tan sonoro que lo dieron por muerto, pero luego de casi una hora, ante la sorpresa de todos, se levantó jubiloso, dando voces incomprensibles y agradeciendo a Dios por los favores recibidos. El hecho produjo algunas risas de quienes presenciaron lo que pasó, porque nadie agradece a Dios que le den palos.

Era que, inexplicablemente, el golpe sirvió al muchacho para que sus ojos le mostraran por primera vez la luz. Ofreció el chaval romerías y rosarios al regresar a Panamá y todos celebraron con él su dicha. Pero poco tiempo le duró tanta alegría, porque hallándose una noche contemplando la noche estrellada, acertó a salir Anaìs a cubierta.

La Pintá, primera parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.


[Relato] Luis Alberto Mendieta: La Pintá, 1ra. Parte

mayo 9, 2009

ALMENDEra una negra de aquellas sin alma, que trabajaba en un burdel cercano al puerto. Alcibíades llevaba ya en ese tiempo no menos de cinco años trabajando como negrero. Se llamaba Clorinda, aunque le decían “la rompehuesos”, por sus habilidades de alcoba. Su amo, el dueño de la mancebía, ganó muchísimo oro gracias a ella, que se dio modos para sacar más monedas a los clientes con sus artes de alcoba. Un día, la astuta esclava hizo correr la voz de que se había contagiado con el “mal de bubas” o sífilis, por lo que los clientes empezaron a huir de ella, que se deshacía en zalamerías ante cualquiera que se le acercara, precisamente por espantarlos del todo, y por despechar a su amo. Dejó de comer para lucir lánguida y enferma.

“Fue entonces cuando vino a verme aquella barragana, compañeros, junto a una mulatita de seis años.

– Te la vendo – dijo-.

– ¿Y qué quieres que haga con ella?

– Tú ere el negrero. Quiero diez monedas de a ocho por ella. Nueve son pa’ comprá mi libertá y el resto pa’ largarme lejos de aquí. ¿La quieres o voy en busca de otro negrero?

Me quedé viendo a la niña, por saber en qué negocio me estaba metiendo.

– Es hija mía y de un fraile flamengo que vino hace tiempo, de paso hacia el Virú, muy jermoso.

– ¿Cómo se llama la niña?

– Anaìs.

Era de buen ver la mercancía. Regateé por si su voluntad era débil (y por saber si la mocosa incubaba algún achaque) pero se mantuvo en el precio. Mientras se marchaba la negra, la niña empezó a gimotear. La mujer siguió rumbo hacia la puerta, indiferente, como quien oye llover, con sus monedas en una bolsa que había traído para el efecto. Sujeté a la mozuela de la mano y pedí algo de comer para entretenella.

Como tenía que embarcarme hacia Lima con un cargamento de negros que estaba ya a bordo, dejé a la chavala con una manceba, llamada Noemí, hasta ver a quién podría vendérsela con ganancia. Me enteré en el camino, que “la rompehuesos” hacía fama y fortuna con su oficio en Cartagena de Indias.”

Alcibíades demoró mucho más de lo pensado. De hecho, pasaron nueve años antes de que pudiera volver a Tierra Firme. Entre la peste negra que aquejó a su cargamento de esclavos, la rapacidad de los piratas y las tercianas pilladas en las selvas africanas cuando apenas empezaba su oficio de negrero, que lo aquejaban en los mapa2momentos más importunos, su viaje se convirtió en una pesadilla y tres veces estuvo incluso en trance de muerte, varado en varios pueblos remotos de Indias. Regresó con la cara morena, salpicada de indelebles picaduras de insectos, un ánimo demasiado parecido a la demencia criminal y la faltriquera vacía.

Su querida no lo reconoció. En su interior, pensaba que el sujeto parecía más un mendigo o un pirata moro y habituada como estaba a su talante recio, se extrañó sin embargo por el nuevo tinte de su carácter: había algo de alarmante ferocidad en su actitud, de loca, rabiosa, desmesurada codicia. El hombre durmió tres días seguidos y al cuarto marchó hacia el puerto para apercibirse de novedades y alguna vianda. Regresó muy contento, mencionando que en adelante traficaría con esclavos a través de una ruta que bordea la costa noroccidental del Nuevo Reino de Granada, hasta llegar a las regiones del Perú, donde sus clientes requerían constantemente de esclavos, acompañado de una flota de comerciantes y mercenarios, que viajaban de tal modo para proteger mutuamente sus intereses de las incursiones de los corsarios franceses. Se había encontrado además con un judío que le debía dinero hace mucho tiempo. Se lo pagó con creces, luego de algunas “palabras persuasivas”. También manifestó viva curiosidad por conocer a una mujer a la que llamaban “La Perla Negra de Tierra Firme”, de la que mucho se hablaba en el Puerto.

Noemí, mujer de espíritu práctico – demasiado quizás para algún ánimo escrupuloso -, había empleado hace ya algún tiempo a la mulatita en el mismo oficio de su madre, enseñándole oportunamente todos los secretos del arte, que también ella ejerció desde muy joven en el puerto de Buen Aire, hasta que se propuso venir a Panamá, ciudad famosa por su comercio, procurando ante todo despojarse del pasado como una serpiente abandona su antigua piel. Luego conoció a Alcibíades, cuyo olfato algo sospechaba de su antigua pitanza. La tomó sin embargo para sí por verla aún joven y saberla hábil para concluir exitosamente cualquier negocio, como en éste caso. Efectivamente, procedió a explicar lo acaecido con Anaìs, aclarando que preservó su virginidad hasta su regreso, para que él dispusiera lo que más convenga al asunto, permitiéndole hasta tanto a la niña atender el negocio por reversos. El hombre quedó muy complacido del talento de su manceba, restando solamente el examinar a la muchacha, asunto que ocurrió aquella misma noche, por el derecho de pernada que como amo tenía sobre ella, pero conservando para otro, aquello que quintuplicaba el valor comercial de la esclava.

Sólo al día siguiente se enteró, de labios de Noemí, que su esclava era la famosa “Perla Negra de Tierra Firme”. Y sólo entonces se puso a observarla con atención.

La Pintá, segunda parte.

La Pintá, tercera parte.

La Pintá, última parte.