Luis Alberto Mendieta: La Revolución Ciudadana desde adentro: Una crónica necesaria. III

marzo 4, 2009

II. La práctica política: Conocoto y la Provincial.

Fue así como me uní al Movimiento País. Sin padrinos ni ceremonias ostentosas con las que algunas personas suelen presentarse en sociedad (supongo que quieren reforzar la imagen de ganadores y líderes de alto nivel). Quizás (debo reconocerlo) siempre tuve metida en la cabeza la idea de recoger material para construir este relato, aunque siempre me atrajo, caray, el afán de luchar por una causa justa.

Con las expectativas con las que uno llega a su primer día de clases en la Universidad.

Empecé por hacer militancia dentro de mi parroquia y me puse en contacto con el Coordinador que alguien había designado para Conocoto. Previamente me había enviado por correo electrónico una invitación a participar. Mi “e-mail” lo obtuvo de la lista de un par de reuniones del Movimiento País a las que asistí durante la segunda jornada electoral, mientras terciaban para la presidencia de la república los entonces candidatos Correa y Noboa. Luego de algún episodio que aún no comprendo del todo ni viene al caso, el coordinador anterior fue sustituido. Me permito hacer una corta digresión al respecto.

Participaba entonces este servidor en la Asamblea de Conocoto, organización popular integrante de las Asambleas Territoriales. El contacto político con M. País lo establecí en ese espacio. Aunque hay muchos detalles interesantes sobre esta asamblea y los intereses creados, los omitiré, considerando que son irrelevantes respecto a esta crónica. Baste mencionar que estimo ese foro como mi verdadera escuela política, pues era un escenario pequeño, una suerte de laboratorio en el que participaban personajes venidos de diversos partidos políticos, unidos muchos de ellos por lazos de parentesco, amistad o vecindad de muchos años, con heterogéneo nivel de experiencia política, cada uno con su estilo particular y sus intereses concretos. Yo era sin duda un advenedizo para ellos, según su marco lógico, pero el grave problema era que los tiempos no estaban para vivir en el siglo dieciséis. Allí es donde conocí los métodos más usuales del político tradicional en un nivel de la sociedad donde DEBERÍA empezar la Revolución: el barrio y la parroquia, pero las relaciones sociales de la comunidad están muy alejadas de tal supuesto. Allí impera el cacicazgo como instrumento usual de asidero del poder; el caos y la búsqueda del interés personal son la regla por todos conocida y practicada. La única organización visible (y más o menos respetada, según la comunidad que se mire) es la deportiva, que mira con desprecio y desdén cualquier forma de organización política. Lo usual: Los vecinos se critican y hasta odian en secreto mutuamente. El desarrollo urbano sólo ha conseguido, en complicidad con la intolerancia (producto del negacionismo del origen racial que aún no asimila la sociedad Latinoamericana, especialmente en las esferas más humildes) y los medios de comunicación que apelan al miedo como otra herramienta de venta de información; todo esto, como decía, sólo ha conseguido erosionar, en general, toda relación social que no sea productiva, desde el punto de vista del capitalismo. Los colonizadores del actual Estados Unidos siempre tuvieron la ventaja de que al menos se consideraban colonos entre sí (con las sutiles diferencias del caso), pero ante todo, el tema de su origen no implicaba el más mínimo inconveniente, asunto que les permitió concentrarse en la prosperidad material, mientras que al sur las cosas eran dolorosamente distintas.

El caso es que un manojo de personas emprendimos varios proyectos para llevar a la práctica la Revolución Ciudadana, incorporando además programas de gobierno, como el de vivienda del MIDUVI. Propuse ejecutar uno de comercio justo, similar a otro que había creado yo entre los consumidores del barrio “El Calzado” y productores de varias comunidades de Cayambe, y aunque el proyecto se encontraba aún en estudio, el entusiasmo y la expectativa de la gente eran grandes, pues la finalidad es evitar la intermediación, reducir el costo de los productos y establecer nexos culturales con las comunidades.

Enlazamos entonces, para el caso específico de nuestra parroquia, a un colectivo de productores de Amaguaña, con consumidores de la zona urbana de Conocoto. Todo iba sobre rieles, vaya, con altibajos, debo reconocerlo (asuntos de convivencia política con antiguos camaradas de las Asambleas, que se unieron al Movimiento País al entender que debían posicionarse ante la proximidad de las elecciones seccionales y con los que no era fácil trabajar en equipo), hasta que llegó el momento de organizar las elecciones. La falta de tolerancia política (mía y de la gente de la Asamblea), causó que un proyecto tan ambicioso como el de Comercio Justo en la Parroquia, no pudiera alcanzar el éxito que merecía, y que requiere urgentemente el país, ante el incierto (y a veces siniestro) porvenir de la Economía Global de nuestros tiempos.

Yo siempre pensé que los relatos desagradables de gente que se “metía por la ventana” al llegar estas épocas, considerando el trabajo más o menos efectivo que veníamos realizando, eran cosa del pasado: taras de la partidocracia. En cada una de las reuniones podía verse el interés por sacar proyectos adelante, aunque con el recelo y el celo inmanentes, usuales entre las dos facciones que se crearon: el grupo de la Asamblea, y los que estuvimos al principio.

Sólo en cuanto la gente se metió literalmente por la ventana, pude comprender lo que realmente ocurría: La traición empezaba dentro de casa. Aquellos a quienes consideraba pares y con los que había luchado por una causa cierta, resulta que en realidad me miraban con el mismo recelo que nuestros antagonistas internos. Pero lo peor era que SIEMPRE tuvieron una bitácora secreta, que emergería en cuanto las elecciones seccionales llegaran a un punto determinado, y yo ignoraba este hecho en esos momentos.

En una ocasión pude asistir, en remplazo del coordinador, a un taller que organizaba el Secretariado Provincial con el fin de explicar la nueva estructura del Movimiento. El evento se realizó en el colegio Emilio Jaques-Dalcroze, ubicado en el Valle de los Chillos, no muy lejos de mi barrio. Fue allí donde en realidad me integré al MP (Movimiento País), porque lo anterior fueron acciones en un pequeño escenario, una partida de ajedrez por diversión. Un proyecto personal embrionario, podría decirse.

El ambiente era muy parecido al de las Asambleas Territoriales y se manejaban muchos códigos implícitos de allí, tanto en el discurso como en la metodología de trabajo: horizontalidad hasta cierto punto, aunque percibí por primera vez aquél deleznable tufillo fanático de la idolatría al líder, asunto que me pareció, pobre ingenuo de mí, algo que iría cambiando hasta desaparecer, porque la revolución y la sensatez se impondrían. Lo que no sabía entonces, era que tal actitud era permanente en todos los partidos políticos, y que aquello no era sino lo que podría llamar síndrome del populismo, es decir la irracional y adulona actitud de la gente llana por su inalcanzable, celestial líder, con la finalidad de merecer posteriores favores. Algo como la religión, pero con homínidos, y una posibilidad más cierta de hablar personalmente en algún momento, con el diosito de turno, o su santo delegado.

Luego de que se nos informó sobre los detalles de la nueva estructura, cuestioné los métodos de elección,asambleas-de-alianza-pais considerando que a nivel oficial se hablaba de cambios profundos, y que en la vida real se mantenían las viejas prácticas de la partidocracia. Se argumentó que la designación “a dedo”, se realizaba sólo por esta ocasión, considerando que apenas estábamos empezando. Yo pensaba para mi coleto, que la mejor oportunidad de empezar realmente bien un procedimiento de tanta envergadura, era precisamente organizar un proceso absolutamente claro, con elecciones democráticas al interior del movimiento, de tal manera que a la opinión pública llegaran noticias de que el cambio empezaba por casa, y lo mencioné. Aunque hubo mucha acogida a mis palabras, pude captar inmediatamente muchas suspicacias entre los asistentes (alrededor de 50 o 60 personas, todos líderes supuestamente) y si bien una cantidad importante de los asistentes apoyó mi posición, muchos líderes cuestionaron los argumentos expuestos, bajo la consideración de que el criterio de los líderes del Secretariado Nacional era inobjetable. Nunca supieron responder bajo qué argumento y muchos empezaron a enojarse. Sólo ahora puedo ver en todo ello una primera advertencia de lo que en realidad se venía cociendo para el proceso de primarias…


Luis Alberto Mendieta: La Revolución Ciudadana desde adentro: Una crónica necesaria. II

febrero 20, 2009

I. Los Forajidos

A ver: En realidad todo empezó (para mí) en cuanto el gobierno del Presidente Correa tomó posesión del Gobierno Nacional. Mis esperanzas, debo reconocerlo, fueron muchas y encontré en él al individuo que tanto pedía la gente: un hombre resuelto, noble y talentoso, al que no le tiemble el pulso a la hora de tomar decisiones, por duras que sean, dentro del contexto de la Revolución Ciudadana.

quitomanifestacion050420Esta revolución, a mi parecer es algo más que un eslogan de campaña, porque venía yo de un proceso político urbano, conocido como las Asambleas Territoriales de Quito, célebres en el bajo mundo de coroneles “mejores amigos” de presidentes extranjeros y la prensa vendida de siempre. Los llamaban, como sabemos, Forajidos. Gente que los canales de televisión se obstinaron en mantener bajo tierra para evitar cambiar el statu quo, que finalmente cambió, para su despecho. Es allí donde empezó a gestarse la verdadera Revolución Ciudadana, de manera caótica e inmadura sin duda, ¡pero había que ver el fervor de esa gente!

Llenaban salones enteros toda clase de intelectuales, profesionales diversos, políticos de barrio, vecinas curiosas, gente de derecha… había de todo sin duda. Unos en sincera búsqueda de un cambio, y la mayoría por ver si se podía pescar algo a río revuelto.

¡Y vaya usté a ver esos discursos! Inflamados de patriotismo, de esperanzas de cambio. Incluso podía percibirse en el ambiente cierto consenso en la voluntad de cambiar la patria a como dé lugar, lo cual estremecía a algunos, que esperaban y esperan la revolución tomándose un cafecito, una lucha social que no les cree la más mínima incomodidad.

Poco a poco empezaron a juntarse viejos revolucionarios de 20 o más años de lucha, intuyendo que esta era la ocasión que tan largamente habían esperado… Por mi parte, acababa de estrenarme como revolucionario, así que ignoraba los famosos tejes y manejes políticos de siempre, tan repugnantes en casos como el de Mahauad (¿así se escribe?), Abdalá Bucaram y Fabián Alarcón, este último la bazofia más impoluta de este trío de… ex-presidentes.

Creo que el asco de todos los acontecimientos políticos pasados fue lo que me impulsó a perseverar en esa causa, sintiendo que si quería ver cambios reales en este país, tendría que hacerlos con mis propias manos. Las manifestaciones y la lucha en las calles fueron algo de otro mundo, inolvidable. Algo muy parecido a una verdadera revolución social. Me acordé de mis viejos días de revoltoso, por el alza de pasajes en el colegio.

Era evidente la carencia de soporte intelectual, aunque precisamente por eso se realizaban reuniones con frecuencia, para construir la plataforma ideológica que viabilice la revolución asamblearia, pero entre tanto discurso emocionado y sus respectivas réplicas y contrarréplicas el tiempo pasaba y no se aterrizaba en concreciones, aunque en general los aportes eran valiosos y aprendí muchísimo, especialmente de la naturaleza humana, con su impresionante nobleza, y su escatológica miseria. Allí conocí que también existe la envidia política, como una maligna variante de la envidia vulgar, de tal modo que llegué a pensar que de verdad existe el diablo, porque se las ingenia para meter sus pecados capitales en los sitios más inesperados. Era como verlo brincar de alma en alma, al calor de los discursos, atizando entre carcajadas burlonas los sentimientos de las gentes. Todo un infierno de Dante.

Por otro lado estaba la continua lucha contra las “ratas del congreso”, que a ratos nos emocionaba por la enorme simpatía que levantaba en el pueblo quiteño y en todo el país. Los plantones, las marchas, los intentos de meterse a la brava al Salón del Pleno para sacar a patadas a los “honorables”, hacían realmente entretenida la lucha en las calles. Pero no sólo de diversión vive el revolucionario.

Finalmente, el fervor cívico fue extinguiéndose, como suele ocurrir con las multitudes (ya lo anotaba Macchiavello en su Discurso sobre Tito Livio), y ante la falta de medios para mantener un impulso sostenido, además de la insistencia en alejarse de mecanismos tradicionales de acción de organigrama vertical (allí nadie mandaba oficialmente, pues se deploraba el sistema socio-económico en general y todo se hacía por consenso, es decir de manera horizontal, lo que implicaba graves problemas al momento de tomar decisiones profundas), el ritmo fue decayendo. Nadie quiso oír siquiera de lanzarse en pos del desarrollo de proyectos económicos, que dieran sustentabilidad al proyecto político y de manera especial dieran de comer (mi mujer ya no quiere dejarme entrar si no llego con el pan y la leche, dijo alguna vez algún compañero, en tono de broma pero con franca intencionalidad) a quienes quisieran mantenerse de manera constante en él, de modo que ante la falta de viabilidad, el entusiasmo fue menguando hasta que por último sólo un puñado de convencidos tuvo que reconocer que ese no fue el camino correcto y hasta allí la historia, a día de hoy. Y aunque se argumente lo contrario, la verdad es esa, porque los resultados están a la vista.

El caso es que cierto pesimismo inicial que había mantenido, previo a las elecciones presidenciales, se convirtió de este modo, no puedo negarlo, en franco entusiasmo, porque en definitiva cuenta, se había alcanzado el poder (decía yo) y fue así como decidí integrarme al Movimiento País, porque sentí que esta vez sí podía cambiar, como pensé al enrolarme en las Asambleas, con mis propias manos todo lo que estaba fallando. Sentía que la lucha de las asambleas urbanas era ni más ni menos que el preámbulo de la Revolución Ciudadana: que todo el tiempo empleado en reuniones, talleres, conversatorios, intentonas de meternos al Congreso y tal, fue bien empleado. Concluí que la Revolución Ciudadana se empezó a gestar con aquello que llaman pomposamente “la revolución de los forajidos”, que en realidad, hay que decirlo, fue una revuelta, una conmoción social, pero no una revolución. La verdadera revolución, me relamía pensando, acaba de empezar. Y aún lo creo. Pero al parecer los actores no serán los que imaginé en aquél tiempo.


Luis Alberto Mendieta: La Revolución Ciudadana desde adentro: Una crónica necesaria. I

febrero 18, 2009

Introducción.-

Hay veces en que el respeto a la índole personal es intolerable y hasta peligroso, en especial cuando los intereses de un pequeño grupo afectan a una gran mayoría. Ha ocurrido siempre, y de seguro continuará ocurriendo mientras nuestra especie habite sobre la faz del planeta, porque la primitiva condición humana exige la satisfacción de necesidades personales sin importar las del resto, y hay casos en los que la condición de algunas personas es mucho más “humana” que la de los demás.

Todo empezó la noche del 15 de octubre de 2008, fecha en que se publicó el “Reglamento para las Elecciones Primarias” del Movimiento País. Tome nota, estimado lector o lectora, porque ese día, en mi opinión, marca un hito político que permitirá comprender la profundidad y jerarquía de hechos que parecieran tener nada más una importancia pasajera.

Pero para llegar hasta ese punto es necesario mirar en retrospectiva todo los hechos, en la secuencia en que ocurrieron, tal como los viví.

No se trata de impresionar a nadie. Simplemente quiero publicar una crónica, necesaria sin duda, de alguien que vivió el proceso hasta finalizar las Elecciones Primarias. ¿Por qué afirmo que miro la Revolución desde adentro? Porque en realidad la viví desde adentro. No quiero decir que haya estado en Carondelet como Pedro por su casa, enterándome de los pormenores del ejercicio del poder. Al contrario, lo que quiero mostrar es simplemente una breve bitácora de un revolucionario de a pie, que pretende cambiar a todo un país con nada más la fuerza de su convicción personal, además de mucho afán, tenacidad y persistencia, y que muchas veces se sintió tentado a claudicar. Esta memoria se cuenta mirando desde abajo de la tarima, desde atrás del escenario: el mejor lugar para conocer anónimamente los detalles gratos o escabrosos de cualquier espectáculo, porque a los espectadores siempre se les muestra el vestuario más vistoso, las modelos más despampanantes, evitando que el payaso ebrio se suba al proscenio, cubriendo pudorosamente la caída del corpiño de la actriz en ejercicio con oportunos desvanecimientos de luz…

¿Para qué esta crónica? ¿Odio destructivo? ¿Búsqueda irracional de venganza? ¿Furiosa impotencia? ¿Adolescencia política? Por supuesto que no.

De hecho, aún no he empezado y a muchos lectores no habrá sorprendido que cuente implícitamente el desenlace de la historia con los interrogantes previos, lo que no quita en lo absoluto interés al relato, por la razón de que es más fascinante conocer los entretelones, puesto que la mayoría sabe perfectamente que el proceso no sólo adoleció de humanos errores, sino que fue mucho más allá.

Simplemente quiero mostrar esta experiencia particular de mis primeros pasos en la política, que como se verá, afortunadamente no son muchos, si se la mira desde la lente pragmática de aquello que suelen llamar, apostrofando a Macchiavello1, maquiavelismo. Digo afortunadamente porque así me ha sido posible mirar sin prejuicios cada acontecimiento, en calidad de “compañerito de las bases”. Y la idea al publicar esta relación es mostrar a quien quiera saberlo, una panorámica general de lo que es la política actualmente en mi país, con la finalidad de NO volver a cometer los mismos errores, o al menos de desnudar algo que está innecesariamente semioculto.

Empezaré con el preámbulo de la Revolución de los Forajidos, porque en realidad es allí donde comienza esta historia.

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1 Él, como se sabe, simplemente mostró sin hipocresías las prácticas políticas de su tiempo.