Jorge Majfud: Notas al margen del camino (I)

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Una vez alguien me dijo que yo no podía hablar de religión porque no era un hombre religioso. Me quedé pensando un instante, porque en algo tenía razón: yo soy un espíritu religioso, pero no soy un hombre religioso porque mi mente desconoce la seguridad. Obviamente, se equivocaba en lo demás. “Señor —quise contestar, no sin timidez—, si los sacerdotes católicos desde siempre han dado
consejos matrimoniales y ahora hasta dan clase de conducta sexual, ¿por qué no podría un ateo enseñar teología?”

Sófocles y Esquilo compitieron por el aplauso del pueblo griego. Shakespeare escribía para el teatro, no para la eternidad de la letra impresa. A diferencia de los grandes escritores del siglo XX, al inglés lo preocupaba, especialmente, el juicio y la aceptación del público de esa noche. Como cualquier libretista de Hollywood o de televisión. Porque hubo tiempos en que la profundidad y la inteligencia tuvieron rating.

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Los libros de autoayuda son los amuletos de nuestro tiempo. En ellos descansa toda la superstición de las creaturas temerosas. Sin la ayuda del miedo y la superstición moderna, estos libros no serían best-sellers y mucho menos serían considerados profundos o necesarios. Podemos contar algunas muestras de esta profundidad: “Abrace a su mujer cuatro veces por día” (John Gray); “Elógiate tanto como puedas”, “La crítica es un acto inútil”, “Mírate con frecuencia al espejo y dí: te quiero”, “Haz lo que te gusta hacer”, “Tus pensamientos pueden ayudarte a conseguir el trabajo perfecto” (Louise L. Hay); “Control significa ser el amo de su propio destino”, “Todos podemos hacer algo”, “Haga reír a otra persona hoy y mañana, todos los días”, “Nadie puede engañarle sin su consentimiento”, “Recuerde que no puede fracasar en la tarea de ser usted mismo” (Wayne W. Dyer). —La creatura insegura busca en los libros de autoayuda que le digan lo que ya sabe; pero necesita que una autoridad (sacerdotes del éxito solitario) se lo repita, porque ya no se cree a sí misma. No puede creerse a sí misma porque está habituada a creer y aceptar la orden y el consejo de los medios de difusión. Su libertad es virtual o ilusoria, porque para ser libre es necesario, por lo menos, comenzar por creerse a sí mismo.

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No es por casualidad que la mayoría de los jugadores de básquetbol sean hombres altos, ni que la mayoría de los travestis sean homosexuales. Tampoco es casualidad de que la mayor parte de aquellos que ostentan el poder sea gente ambiciosa. Es decir, no es casualidad que el mundo esté gobernado por gente que no debería gobernarlo.

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La antigüedad de una cosa se puede medir por la presencia de Carbono-14; cuanto más cantidad de este elemento, más antiguo es el objeto en cuestión. La antigüedad de una determinada etapa de la Era Moderna se puede medir según la cantidad de ciencia y tecnología involucrada en la misma: cuanto más reciente es el año que consideramos, más fuerte es la presencia de la ciencia y la tecnología en la vida de las creaturas.
Así también el año de una ciudad se puede deducir según su violencia: cuanto más moderna y evolucionada es una ciudad, más cantidad de violencia sufre. Junto con el decrecimiento del Carbono-14 y el desarrollo de la inteligencia material, ha aumentado la inseguridad de cada creatura. Y si es cierto de que en un pequeño pueblo existe la misma proporción de criminales que en una gran ciudad, también es cierto que los habitantes de un pequeño pueblo no temen por su vida como temían los neandertales en el paleolítico y como ahora temen, en nuestro mundo civilizado, los evolucionados habitantes de las grandes ciudades, como San Pablo, Johannesburgo o Los Ángeles. —La soledad y el desconocimiento mutuo de las grandes ciudades lleva a la pérdida de la conciencia de grupo. Cualquiera puede ver que la violencia de las ciudades suele estar en directa proporción a su tamaño; pero el miedo y la inseguridad lo están en proporción cuadrática. Es decir, a medida que las creaturas se amontonan se vuelven seres aislados; a medida que aumenta el tamaño de la civilización aumenta el tamaño de la conducta salvaje.

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Desde hace doscientos años, donde más se ha lucido la inteligencia de la creatura ha sido en el ejercicio de las ciencias y la tecnología. Con ellas, multiplicó las posibilidades de dos antiguas potencias características de su naturaleza: la destrucción y la conservación. Para la destrucción inventó y organizó imponentes mecanismos de muerte; para la conservación de la vida perfeccionó la medicina y diversos sistemas de salud. Pero, lamentablemente, ésta no es una relación equilibrada en sus posibilidades. Lo que construya la medicina en diez años puede ser borrada con un solo golpe bélico. Se puede acabar con una peste después de un enorme esfuerzo mundial, pero ningún holocausto puede ser remediado con alguna ciencia o tecnología. Es decir que la inteligencia hace a la creatura cada siglo, cada día, más peligrosa para su propia existencia. Por ello, cada día es más urgente la afirmación de una conciencia ética, y una forma de medirla es a través de la renuncia del individuo o de un grupo en beneficio del resto de la humanidad. —Durante un millón de años las creaturas expresaron su violencia con palos y piedras. No podemos borrar de nuestro ánimo mileños de violencia; pero como nuestra inteligencia es cada vez más poderosa (y eso significa peligro), así nuestra cultura, nuestra historia exterior, debe estar a la misma altura. Sabemos que un dictador o un soldado que maneja un arma de destrucción masiva se asemeja a un dios paleolítico, y que por eso reclamar una mejor conciencia parece del todo utópico. Pero nunca podemos renunciar a un reclamo semejante.

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Todos los pueblos deberían, de vez en cuando, volver a escribir los diez mandamientos para observar mejor nuestros cambios. Como nuestro tiempo ya no es el de Moisés, no podemos esperar la dictadura un nuevo líder. Ahora solo hay una forma democrática o vulgar: una encuesta colectiva de las opiniones individuales. Vaya entonces de paso mi propia clasificación:

I

1— No matarás, bajo ninguna razón, porque siempre hay una razón para matar.

2— No codiciarás la pareja de tu prójimo. Esa es una buena razón para obviar el primer mandamiento.

3— No dirás falso testimonio contra tu prójimo, porque la justicia es ciega.

4— No robarás. Si lo haces por necesidad, procura no tener necesidades creadas por ti mismo.

5— Ayudarás a tu prójimo a sobrevivir y a cumplir con el resto de los mandamientos.

II

6— Serás tolerante; porque cuando te vuelves imbécil nunca lo sabes.

7— No te creerás dueño de la Verdad. Si la Verdad existiera no tendría un dueño tan pobre.

8— No te considerarás mejor que el resto. Solo así podrás considerar que no eres de los peores.

9— Buscarás la verdad tanto en la tierra como en el cielo, porque ese es tu destino y tu condena eterna.

10— Buscarás a Dios, porque tal vez no hay Mandamiento que valga mucho sin Él.

El orden de las tablas se encuentra, o suele encontrarse, invertido. En el Decálogo bíblico, la primera tabla se refiere a lo metafísico (II), mientras la segunda repite antiguos principios morales (I). Como si fuese una paradoja tipográfica, veamos que la escritura hebrea se desarrollaba de derecha a izquierda, por lo que la piedra de la segunda tabla había sido ubicada al principio de nuestra lectura Occidental, mientras que la primera estaba al final. Es como si Occidente hubiese entendido el orden de escritura hebrea así como los rusos copiaron el alfabeto romano de un papel mojado.

http://alainet.org/active/28478

Una respuesta a Jorge Majfud: Notas al margen del camino (I)

  1. Fabri dice:

    Muy preclaras narraciones y expuestas con maestría. Soy de los que piensan que Dios no nos quiere tontos. Por algo nos dió inteligencia.

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